El poder aeronaval en la Segunda Guerra Mundial

Durante siglos, el cañón había sido el arma principal de los buques de guerra. De mayor o menor tamaño, y en mayor o menor cantidad, habían ocupado las cubiertas de los buques de madera, y luego de muchos de los primeros acorazados. La invención de la torreta giratoria, durante la Guerra Civil Estadounidense, junto con el surgimiento de los acorazados totalmente de metal, introdujo nuevas reglas y tácticas a la lucha en el mar, que se modificaron poco en las siguientes décadas, mientras aumentaban los alcances, los tonelajes de los barcos y la tecnología que influía en la puntería.

Fue así que la Primera Guerra Mundial se luchó en el mar con buques armados de cañones en torres, alimentados por máquinas de vapor. Nadie podía esperar que el siguiente conflicto de magnitud mundial pondría en los mares máquinas todavía más avanzadas, y para colmo totalmente diferentes.

Durante el período de entreguerras, viendo el relativo éxito alcanzado por ciertos aviadores que habían bombardeado buques enemigos, se comenzó a pensar en la idea de crear barcos especializados en lanzar y recuperar aviones atacantes.

En un primer lugar, el concepto ensayado implicaba el uso de hidroaviones. Esta idea, mucho más conservadora, pensaba la incorporación de uno o dos aviones pequeños, lanzables desde catapultas de vapor. Más que aviones de ataque, estos hidroaviones eran vehículos de observación. En la era previa al radar, y con el uso de enormes buques con cañones de calibres superiores a los 250 mm, era preciso localizar lo más lejos posible al enemigo. Estos cañones eran parte de la carrera armamentística de la entreguerra; naciones como EEUU, Inglaterra y Japón luchaban por tener los mayores acorazados con los mayores cañones. El mayor alcance requería también mayor cuidado en la corrección de tiro; los aviones de observación, entonces, podían encontrar el blanco y luego observar dónde caían los obuses, para informar a los directores de artillería en su nave madre. Terminado su trabajo, el hidroavión volvía a aguas cercanas a su buque, acuatizaba y era recuperado por medio de una grúa, siendo reparado o vuelto a poner en servicio.

Este concepto fue probado por diversos países y luego puesto en práctica. Tanto es así que en la Segunda Guerra Mundial muchos acorazados e incluso algunas unidades menores tenían su dotación de uno o dos hidroaviones para estos trabajos de observación y dirección de tiro. Como sucedió en los albores de la aviación militar, estas dos tareas, las más sencillas a nivel tecnológico, fueron las primeras ensayadas. Pero luego se repetiría el ciclo, y a los aviones desarmados les sucederían los cazas y los bombarderos.

Comenzada la Segunda Guerra Mundial, muchos de los principales países beligerantes ya habían ensayado diferentes tipos de portaaviones y habían reconocido su enorme potencial. Esto había tomado muchos años, teniendo en cuenta la reticencia que ciertos militares tenían a experimentar con ideas demasiado radicales, y al hecho de que en ciertos países los problemas económicos y políticos eran bastante graves en ese período.

Para la época del conflicto mundial, se habían desarrollado dos tipos principales de portaaviones:

Portaaviones por país

Cada país beligerante tuvo una estrategia diferente con respecto a los portaaviones, aunque la mayoría había reconocido su importancia para la década de 1930 o antes. La estrategia de cada país estaba obviamente determinada por el papel general que pensaban ocupar en la guerra, su potencial industrial y su acceso a materias primas. Con una guerra en ciernes, la cantidad de minerales y otros productos que se necesitaban en gran cantidad eran constantemente tironeados por todo tipo de necesidades. Esto hizo que muchas veces hubiera que recurrir a portaaviones improvisados de menor tamaño y eficiencia, ya que unidades más grandes tardaban muchos meses de diseño y construcción y requerían muchas horas-hombre y materiales muy valiosos.

Comenzaremos a ver los países del Eje, de los cuales el que más adelantado estaba, en tácticas y tecnología, además de número, era Japón. Italia comenzó un portaaviones pero nunca logró terminarlo, mientras que Alemania tuvo planes que casi se completaron, pero que por diversos problemas dieron como resultado uno de los mayores mitos de la historia de la guerra.

Japón

El Hosho había inaugurado la flota de portaaviones nipona. Había sido el primer portaaviones puesto en servicio en todo el mundo (en 1921, mientras que los ingleses hicieron lo propio en 1922). Fue también uno de los primeros pensados exclusivamente como portaaviones. Sin embargo, para la época era demasiado viejo y podía cargar pocos aviones, comparados con buques menores de su la flota. Como otros buques japoneses de su tipo, se caracterizaba por no tener isla, con una cubierta de vuelo completa.

Aunque era uno de los países que más rápidamente se había dado cuenta del valor de los portaaviones, Japón había llegado a la Segunda Guerra Mundial con una fuerza bastante variopinta de estos buques. Pocos eran los portaaviones japoneses que se parecían entre sí; de hecho solamente había algunas parejas, buques de la misma clase que tenían pocas diferencias. El resto eran todos muy diferentes ya que proveían de cascos variados. Algunos tenían la isla a estribor, otros a babor; algunos ni siquiera tenían isla y la cubierta de vuelo cubría toda la superficie superior del buque. Incluso algunos mantenían el armamento secundario de cañones que tenían en sus épocas anteriores como buques acorazados.

Incluso con la desventaja relativa de esta escasa compatibilidad, los japoneses tenían un enorme poderío aeronaval: un total de diez portaaviones, comparados con los tres que tenían los estadounidenses en el Pacífico (Saratoga, Lexington y Enterprise) hacia 1941. La mayoría eran unidades grandes, aunque había en servicio algunos de escolta, más pequeños.
El Hosho, primer portaaviones oficialmente puesto en servicio en todo el mundo, en 1921. Era una muestra de que los japoneses habían tomado muy en serio este nuevo tipo de arma, mientras algunas naciones occidentales dudaban en su potencial. Sin embargo, para la Segunda Guerra Mundial estaba ya obsoleto y solamente podía realizar tareas de escolta o pequeños ataques puntuales, ya que cargaba unos escasos 30 aviones. La ausencia de isla era una característica de los diseños japoneses; si bien no todos los portaaviones nipones seguían esta tendencia, todos los occidentales sí tenían isla.

Para sus portaaviones, los japoneses reciclaron dos tipos principales de buques: militares y civiles. Los acuerdos de reducción de armamento de la entreguerra (1922) tomaron a algunos cruceros de batalla, destructores y acorazados en los astilleros; una forma de aprovechar el trabajo realizado fue rediseñarlos como portaaviones, los cuales no entraban en estos primeros tratados de desarme naval ya que eran unidades muy nuevas. Por otra parte, los buques de pasajeros civiles fueron requisados y generalmente daban como resultado naves de poco rendimiento, los cuales no podían llevar muchos aviones.

Tres eran los principales portaaviones japoneses: Akagui (previamente un crucero de batalla), Kaga (antes un acorazado rápido) y Soryu (antes un destructor). Los dos primeros podían llevar hasta 91 aparatos, y habían sido diseñados como buques con cañones, pero luego habían sido rediseñados y convertidos. El Soryu cargaba 73 aviones y con 35 nudos de velocidad era el portaaviones más rápido del momento. Los tres fueron hundidos en la batalla de Midway, lo cual aceleró la conversión de muchos otros buques de diverso tipo. Estas conversiones solían dar buques que podían llevar entre 30 y 50 aviones. Como puede verse al sumar la cantidad de aviones que cargaba cada uno de estos portaaviones, la pérdida fue devastadora para Japón; ninguno de los portaaviones lanzados luego al mar podía cargar más de 70 aviones. Una gran diferencia con respecto a las grandes unidades estadounidenses que podían llevar hasta 90.

Los dos portaaviones modernos, construidos desde cero con esa tarea, eran unidades muy valiosas: la clase Shokaku, constituída por el Zuikaku y el Shokaku. Ambos podían cargar 80 aviones. Sin embargo, Japón no logró nunca poner en el mar más unidades de este tipo.

Irónicamente, la clase Yamato de superacorazados es una muestra del constante cambio en la importancia de la fuerza embarcada. Las dos primeras unidades de la clase, el Yamato y el Musashi, fueron los acorazados más grandes del mundo, cuando este tipo de buques estaban declinando. Ambos fueron hundidos por fuego aéreo hacia el final de la guerra. El tercero de la clase, el Shinano, que estaba todavía en los astilleros cuando comenzó la guerra, fue reconvertido en el mayor portaaviones de la época. Esta decisión se tomó justamente luego de la batalla de Midway. Con cubierta de vuelo de acero (para poder soportar mejor impactos de bombas) y un tamaño gigantesco, fue lanzado al mar a finales de 1944 en un intento por dar vuelta la guerra. Atacado brutalmente por fuerzas aliadas, soportó al menos 6 torpedos (teóricamente estaba diseñado para resistir hasta 20 impactos, pero su construcción había sido deficiente), y se hundió apenas 20 horas después de salir al mar abierto. A pesar de que podía transportar unos 120 aviones, en realidad solamente podía operar con 47: era un ejemplo más de que se necesitaban buques realmente diseñados para la tarea, y que las conversiones no eran tan efectivas.

Hacia finales de la guerra, Japón intentó poner en servicio una forma bastante nueva de arma aeronaval: el portaaviones submarino. Los franceses ya habían operado con uno, que tuvo una historia bastante enigmática. Sin embargo los japoneses lo llevaron a un nuevo nivel de gigantismo naval, como era su costumbre en la época.

Estos enormes aparatos cargaban uno o dos hidroaviones plegados en tubos de lanzamiento, y debían emerger para desplegar las alas y despegar. Se los pensó para hacer golpes de mano y ataques sorpresa, y pudieron haber destruido en Canal de Panamá, pero a último momento se canceló la misión. Aunque solos no podían hacer mucho, debido a que cargaban pocos aviones, este tipo de ataques podrían haber creado grandes victorias tácticas, o incluso estratégicas, si su uso hubiera sido mejor pensado.

Este enorme esfuerzo de ingeniería naval fue capturado, analizado y luego hundido por los estadounidenses para evitar que los soviéticos aprendieran de esta tecnología. Se trató sin lugar a dudas de uno de los desafíos de ingeniería más grandes de la época, lamentablemente destruidos y olvidados por los primeros coletazos de la futura Guerra Fría.

Italia

Nación mediterránea por autonomasia, la doctrina naval de este país no requería, en teoría, un portaaviones. La posición estratégica de la península, al igual que la de sus islas, permitían que los aviones partieran de ellas y pudieran dominar prácticamente todo el Mediterráneo, apoyando a las unidades navales allí donde estuvieran.

Sin embargo, esta teoría se demostró equivocada. Con el tiempo, la Armada Italiana se dio cuenta de que no podía contar con la ayuda de la Fuerza Aérea. Como en otros casos, se trataba de cuestiones políticas y de prestigio, pero también materiales y tácticas. Los aviones disponibles en Italia no eran suficientes y resultaba difícil coordinar las acciones navales con las aéreas, siendo que ambas dependían de fuerzas armadas diferentes. Cuando estalló la guerra, este problema se mostró cada vez más serio.

Con el tiempo se tuvo la idea de construir un portaaviones, y se comenzó la construcción del Aquila. Este buque, sin embargo, no llegó a ser completado antes del armisticio de 1943, de manera que no jugó ningún papel en la guerra, siendo desmantelado antes de ser terminado.

Alemania

Hitler puso mucho énfasis en lograr una flota de altamar que pudiera rivalizar con la inglesa, y los portaaviones no estaban fuera de sus planes. Sin embargo, resultó más fácil construir superacorazados como el Bismarck y el Tirpitz que el casi desconocido Graf Zeppelin.

En 1935, Hitler anunció que a partir de ese momento Alemania construiría portaaviones, y no habló en vano. Al año siguiente se depositaba la quilla del Graf Zeppelin. Dos años más tarde, convencido por su jefe de que la guerra no comenzaría sino hacia 1945, el Gran Almirante alemán Erich Raeder presentaba un gigantesco plan de construcción naval militar. Este denominado Plan Z implicaba la construcción de nada más ni nada menos que cuatro portaaviones, los cuales serían terminados para ese año de 1945. Sin embargo, en 1939 y con la guerra en ciernes, el plan se revisó y este tipo de unidades fueron reducidas a dos... de las cuales ni siquiera la primera fue terminada.
El Graf Zeppelin, único portaaviones construido (a medias) por Alemania en la Segunda Guerra Mundial.

En primer lugar, había problemas técnicos. Mientras las naciones ganadoras de la Gran Guerra (incluyendo el actual aliado, Japón) habían pasado años construyendo y desarollando buques de guerra de todo tipo, incluyendo varias clases de portaaviones y portahidroaviones, los alemanes no habían desarrollado ciertas tecnologías exclusivas y necesarias en este nuevo tipo de buques. Sus acorazados podían ser fenomenales, pero para crear portaaviones había que saber construir buenas pistas de aterrizaje, cables de frenado, y el caso principal: catapultas de vapor para asegurarse de que los aviones más pesados pudieran despegar sin problemas.

Estas tecnologías podían ser copiadas y estudiadas en base a diseños japoneses, pero la diferencia de doctrina de este país asiático era importante. Las condiciones climáticas del Mar del Norte eran totalmente diferentes a las del Pacífico, ya que el primero se caracterizaba por sus grandes tormentas y la dificultad de la navegación, además de la existencia de aguas relativamente poco profundas. Mientras tanto japoneses como estadounidenses pensaban sus portaaviones como vectores de ataque y defensa, como espinas dorsales o capas defensivas de una flota equilibrada de destructores, cruceros y acorazados, los alemanes pensaban ponerle cañones a sus portaaviones, creando un híbrido que pudiera atacar y defenderse por su cuenta. Esto se debía a que, a diferencia de su aliado asiático y a sus enemigos, no era una nación marina y no tenía una gran flota. Su fortaleza radicaba en la creación de unidades de superficie formidables (como los acorazados de bolsillo, o los gigantescos acorazados que operaban en solitario o apoyados por una nave un poco menor) o en flotillas submarinas silenciosas y coordinadas.

La cuestión, más allá del desafío técnico, era también política. Para los militares alemanes, entrenados en pensar fuera de las tácticas tradicionales, el portaaviones era evidentemente un enorme vector de poder. El buque estaría, evidentemente, bajo control de la Marina; el problema era a quien dar el control de los aviones que iban dentro. Goering, jefe de la Luftwaffe, era tremendamente orgulloso y quería para sí el el poderío aéreo y la gloria que pudiera darle. Mientras tanto, la Kriegsmarine, la fuerza armada menos politizada del régimen, intentaba lograr lo más lógico: que los aviones también estuvieran comandados por oficiales navales, ya que operaban desde buques. Esta visión de su jefe a principios de la guerra, Raeder, era contradecida sin embargo por el almirante Dönitz, jefe de los submarinos, quien creía más importante que Alemania se especializara en la guerra submarina para bloquear a Inglaterra.

Para colmo de males, es evidente que para Hitler la importancia de los portaaviones fue decreciendo, y luego del entusiasmo por la botadura de la quilla del Graf Zeppelin, y del Plan Z, los recursos asignados para tales proyectos de gran envergadura fueron cayendo.

Para 1940 el segundo portaaviones, que ni siquiera había sido bautizado, fue abandonado y destruido. El proyecto del ahora único buque de este tipo comenzó a tener problemas técnicos de todo tipo, generados por las tensiones políticas.

Para mediados de 1941 Raeder le dijo a Hitler que el portaaviones estaba terminado en un 85%; faltaba un año para ser terminado y otro año para que se lo probara en el mar y se entraran a las tripulaciones. Esto ya de por sí debía haber exasperado a Hitler por la supuesta lentitud del proyecto; para colmo Goering le dijo a Hitler que los aviones necesarios para el buque estarían listos recién para fines de 1944. Obviamente Raeder presionó al Führer para que presionara a Goering sobre el tema: el mariscal del aire alemán, entonces, ordenó el rediseño de variantes del Ju 87B y del Me-109E, los cuales para esa época estaban quedando desfasados con respecto a los aviones aliados. Raeder tuvo que consentir con esto, a riesgo de perder para siempre su portaaviones, y seguramente también se tragó su orgullo cuando aceptó la condición final: el personal de vuelo de los aviones respondería a las órdenes de las Luftwaffe, y no de la Kriegsmarine.

1942 llegó y pasó con el buque todavía siendo adaptado y terminado, y mientras los aviones destinados a él se construían pero no se completaban. Al año siguiente Hitler se cansó del proyecto, y cuando Raeder pidió ser relevado de su mando todo terminó. Dönitz fue nombrado en su lugar, y el comandante de submarinos decidió usar todo el potencial de construcción naval germano en sacar a flote más y mejores submarinos. Aunque el buque estaba listo en un 95%, se le quitó el armamento, el cual fue transferido a Noruega, para formar parte de baterías costeras de defensa. El casco fue usado como depósito.

Curiosamente, el buque que nunca fue terminado ni entró en la historia durante la guerra, desapareció de ella de manera igualmente silenciosa. Cuando los soviéticos capturaron el puerto en el que estaba el casco, lo hundieron, pero luego lo reflotaron y se lo llevaron a la URSS en 1947. Por lo que se sabe, lo usaron nuevamente como una gigantesca barcaza llena de contenedores; una foto de ese año fue por décadas la única prueba de su existencia y posible destino.

Se tejieron muchas especulaciones, más con la apertura de los archivos soviéticos se supo que el buque llegó a Leningrado, donde se lo quería reconstruir. Cuando esto se probó imposible, se lo remolcó hacia la costa de Polonia, en donde fue usado como blanco de práctica para aviones de ataque. En ese momento, con la Guerra Fría ya encendida, las autoridades militares soviéticas querían ganar experiencia hundiendo grandes portaaviones como los que ya tenía la US Navy. En este último rol, el Graf Zeppelin se mostró especialmente duro de roer, soportando el impacto de 24 bombas (a pesar de haber sido cargado con explosivos para simular una carga de combate), y tuvo que ser hundido con dos torpedos. El lugar preciso de estas pruebas fue un misterio hasta que, el 12 de julio de 2006, un buque de una petrolera polaca encontró los restos del Graf Zeppelin a casi 90 metros de la superficie, cerca del puerto de Łeba. Esto lo convirtió, póstumamente, en uno de los más grandes y más tardíos hallazgos de la Segunda Guerra Mundial.

La existencia del Graf Zeppelin pudo haber permitido un mayor ataque aéreo a Inglaterra, principalmente si hubiera estado terminado para 1940-41; en ese caso hubiera tenido un papel importante en la operación Lobo Marino (principalmente si sus aviones hubiera estado bien coordinados con los de la Luftwaffe). Sin embargo, al igual que sucedió con sus primos acorazados, una sola unidad, poco escoltada y apoyada, probablemente hubiera sido blanco de la superioridad numérica inglesa, la cual le permitía concentrar muchos buques de superficie y submarinos. El Graf Zeppelin tal vez se hubiera llevado algunos consigo antes de hundirse, pero la victoria hubiera sido pírrica. En todo caso es posible pensar que la creación de dos o tres unidades menores de portaaviones escolta no solamente hubiera sido más fácil de llevar a cabo, sino que justamente hubiera permitido que las grandes unidades artilleras alemanas no quedaran inermes ante ataques aéreos. Esto, sin embargo, no iba de la mano con la doctrina naval alemana ni con las ansias generalmente megalomaníacas de Hitler, que quería unidades grandes aunque no fueran eficientes.

 

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