El poder aeronaval en la Segunda Guerra Mundial

Conflictos aeronavales de importancia

Como toda nueva arma, al principio el portaaviones no fue tenido totalmente en serio y se lo pensaba como herramienta para una o dos cosas, como la escolta de convoyes que pasaran cerca de bases aéreas enemigas. Sin embargo, bien temprano en la guerra, se comenzó a pensar en su uso totalmente ofensivo: contra bases enemigas fuertemente defendidas o contra unidades de superficie en altamar. Repasemos estos primeros ensayos, para pasar luego a las luchas entre portaaviones, que vieron lugar a las mayores batallas aeronavales de la historia.

Batalla de Tarento (11-12 de noviembre de 1940)

Con Italia en guerra, uno de los pocos lugares en donde los ingleses podían luchar cuerpo a cuerpo con sus enemigos era África del Norte, en donde ambos países tenía dominios e intereses en juego.

Sin embargo, el Mediterráneo creaba una gran barrera geográfica y un gran problema logístico: el transporte constante de todo tipo de equipo necesario para los soldados y aviadores, y la necesidad de proteger estos convoyes. Rápidamente el Mediterráneo se convirtió en un nuevo teatro de operaciones aeronavales, en donde los submarinos, las flotas de superficie y los aviones basados en tierra acechaban los transportes mercantes y militares del enemigo.

La posición italiana era, sin embargo, mejor a la inglesa en cuanto a la distancia que debían cruzar: los británicos debían atravesar todo el mar, longitudinalmente, desde Gibraltar hasta llegar a Egipto, mientras que los italianos tenían mucho más cerca sus posesiones en el norte de África, y disponían de varias islas con puertos y bases.
El HMS Eagle. Como puede verse, se trata de un portaaviones no diseñado para la tarea, como lo muestra la cubierta de vuelo construida sobre la verdadera cubierta. Continuó equipado con biplanos durante la Segunda Guerra Mundial, más de 20 años después, y fue uno de los elegidos para el ataque a Tarento, aunque por problemas técnicos no pudo participar. De haber estado con su dotación, la batalla podría haber causado más daño a los italianos.

Luego de un tiempo de victorias y pérdidas, un comandante de la aviación naval inglés, el contraalmirante Lyster, había diseñado un un plan audaz para cortar de raíz la amenaza naval italiana: la operación Juicio. Sería el primer ataque completamente aéreo del mundo, destinado a destruir o al menos debilitar las principales naves de superficie enemigas, ancladas en la base de Tarento.

En un principio, la idea era llevar a dos portaaviones, el pequeño HMS Eagle y el más grande HMS Illustrious, para lanzar el ataque. Esta formación iría acompañada por dos cruceros pesados, dos cruceros livianos y cuatro destructores. A diferencia de otros casos, en donde el cazador tenía que buscar su presa en el mar, los ingleses tenían una ventaja para su ataque sorpresa. Los italianos no tenían su flota en el agua, sino que la mantenían en puerto para mostrarla como activa y lista para zarpar en cualquier momento. En la base de Tarento se habían acumulado entoces nada más ni nada menos que seis acorazados, estando cinco de ellos totalmente operacionales, además de siete cruceros pesados, dos cruceros livianos y ocho destructores. Esta base estaba en una situación estratégica para cortar el cruce de cualquier convoy importante hacia Egipto.

¿Porqué acumulaban los italianos todas esas naves en puerto? En gran medida porque las creían seguras. Nunca nadie había intentado un asalto aéreo a una base naval. En puerto, las naves tenían todo tipo de defensas: cañones antiaéreos, redes antitorpedos, globos cautivos, barreras flotantes, vigías, etc. Al salir de puerto, estas naves perdían muchas de estas defensas. Poco o nada hacía pensar que los ingleses intentarían algo totalmente nuevo en la historia aeronaval.

Los ingleses se tomaron su tiempo para estudiar todo tipo de fotografías de reconocimiento, calculando formas de evitar todos los obstáculos mencionados. El plan original inglés incluía, como se ha dicho, el uso de dos portaaviones. La fecha sería el 21 de octubre de 1940, aniversario de la Batalla de Trafalgar, porque el superior de Lyster, Almirante Cunningham, era aficionado a los aniversarios. Sin embargo, como suele suceder, los planes no siempre se pueden cumplir. El HMS Illustrious tuvo un incendio y el HMS Eagle fue retirado de la operación. La fecha fue cambiada al 11 de noviembre, recordando el armisticio que puso fin a la Gran Guerra.

El HMS Illustrious acompañó a un convoy de suministros, simulando que estaba allí solamente para darles cobertura. Sin embargo, luego de descargar en Malta, se separó con parte de la flota de escolta y cambió de rumbo. Cuando estaban ya a unas 170 millas del puerto, se envió un avión de reconocimiento para asegurarse de que la flota seguía allí y que todavía mostraba un buen blanco.

Habiendo confirmado el blanco, el portaaviones inglés lanzó su primera oleda de aviones: 12 Fairey Swordfish, biplanos de la entreguerra, ya obsoletos. Estos salieron hacia las 21 horas; se trataba de una mezcla de bombarderos y torpederos, que debían llegar al puerto a eso de las 23 horas, dividiéndose en dos grupos para atacar simultáneamente dos partes del mismo. A las 22 horas se lanzó la siguiente oleada: 9 aparatos más, que debían llegar también una hora después del primer ataque para continuar el trabajo.

El resultado de estas dos oleadas fue impresionante, aunque se puede decir que se pudieron haber logrado mayores resultados de haber dispuestos de mayores fuerzas y experiencia. El acorazado Litorio fue impactado por tres torpedos, mientras otros dos (el Conte di Cavour y el Caio Duilio) recibieron uno. Las bombas de los biplanos dañaron además un crucero en el puerto interno de la base. En contrapartida, los ingleses solamente perdieron dos de estos aviones, desapareciendo dos tripulantes y siendo capturados otros dos.

Aunque ningún buque resultó hundido, las consecuencias fueron graves, ya que las unidades eran importantes y este tipo de daños son graves. El Litorio requirió cuatro meses de reparaciones, y el Caio Dilio otros seis. El Conte di Cavour se hundió y tuvo que ser reflotado; resultó tan dañado que para cuando Italia se rindió, en 1943, todavía no podía salir al mar. Fue así que la flota de acorazados del Mediterráneo quedó reducida a la mitad en una sola noche.

Los italianos retiraron las unidades restantes a bases más al norte, fuera del alcance aéreo británico, aflojando así su vigilancia sobre el Mediterráneo. También quedaron condicionados a actuar más cautelosamente, ya que no podían arriesgarse a batallas en grandes escalas poniendo en juego las pocas unidades sobrevivientes. Mientras tanto, los ingleses pudieron quitar algunos acorazados del Mediterráneo y desplazarlos al Atlántico, donde eran más necesarios contra las unidades alemanas.

Este primer ataque completamente aeronaval de la historia fue sin lugar a dudas un suceso preponderante en la historia militar: demostró finalmente la importancia de los portaaviones, incluso aunque cargaran aviones obsoletos, y que estos podían dañar seriamente buques enemigos hasta en lugares tan protegidos como los puertos. Demostró, por otra parte, que estos lugares no eran tan seguros, ya que amontonaban a estas unidades una con la otra, de manera de que no podían maniobrar para esquivar bombas ni torpedos. Esta lección no se aplicó en Pearl Harbor: las defensas pasivas pueden ser estudiadas por reconocimiento fotográfico y espías, desarrollándose maneras de evitarlas.

Así mismo también mostró que el acorazado había quedado obsoleto como la mayor arma de la flota, pues el alcance y poderío del portaaviones y su componente aéreo era mucho mayor: un solo buque había dañado seriamente a tres, sin ponerse en riesgo directo y sin recibir daño, a una distancia desde la cual era imposible responder al ataque (a no ser con otros aviones). A partir de entonces los italianos tuvieron que cuidarse mucho porque sus unidades de superficie no solían tener cobertura aérea, y si descubrían que la formación enemiga tenía un portaaviones, o huían o tenían que pelear en inferioridad de condiciones.

Esto cambió totalmente la estrategia naval de la guerra, mientras los detalles menores del ataque también cambiaron las tácticas. Los ataques a los puertos enemigos eran considerados difíciles en parte porque se creía que los torpedos no podían ser lanzados en aguas poco profundas. Al dejarlos caer a gran altura desde aviones torpederos, estos aparatos necesitaban unos 30 metros para hundirse y comenzar su ataque. Sin embargo, los ingleses modificaron el arma y la táctica, creando torpedos especiales y lanzándolos desde muy poca altura, de manera que solamente requerían unos 12 metros de profundidad.

Muchas veces se olvida o relega la batalla de Tarento, creyéndose erróneamente que el ataque a Pearl Harbor fue el primer ataque aeronaval. En realidad, se sabe que los japoneses estudiaron cuidadosamente todo lo que pudieron averiguar sobre el asalto aéreo a la base naval italiana, sabiendo que pronto podrían necesitar ese conocimiento para atacar bases estadounidenses o inglesas en el Pacífico. Un ejemplo de esto fue que los japoneses idearan sus propios torpedos modificados para aguas poco profundas.

Como veremos más adelante, los planes japoneses eran mucho mayores y por lo tanto esta es la mayor diferencia entre los dos eventos. Tarento es importante ya que demostró el potencial, pero debido a diversos factores no fue una batalla determinante como la fue, en parte, Pearl Harbor. De haber contado con más aviones y posiblemente un segundo portaaviones, los ingleses pudieron haber hundido los buques dañados o haber dañado los buques que salieron intactos, creando mayores huecos en la armada italiana y casi ganando la guerra naval en una noche.

Hundimiento del Bismarck (27 de mayo de 1941)

Si bien el coloso no fue hundido por poderío naval, sería un error dejar de mencionar el estupendo trabajo que hicieron los Swordfish del portaaviones HMS Ark Royal el 26 de mayo (sumado al del HMS Victorious, el cual lo atacó los dos días anteriores pero sin resultados).
El HMS Victorious luego de la guerra. Aunque su ataque al Bismarck no fue exitoso (mató solamente a una persona y no produjo daños), sí tuvo un gran papel en otras partes del conflicto, por ejemplo sirviendo en el Pacífico y dañando al hermano del Bismarck, el Tirpitz .

Luego de que el Bismarck hundiera en pocos minutos al HMS Hood, orgullo de la Royal Navy, los ingleses montaron un operativo de búsqueda y destrucción en el Atlántico, convencidos de problema que tenían entre manos. Aunque el buque evadió a las unidades de superficie por un tiempo, fue luego ubicado por un hidroavión de reconocimiento y atacado por el mencionado portaaviones. Uno de los torpedos lanzados dañó seriamente los timones, haciendo que la nave no pudiera torcer su rumbo hacia Francia, que era su objetivo. De esta manera se convirtió en un blanco acorralado para la escuadra británica, la cual lo hundió en combate tradicional de cañones y torpedos.

Este le demostró a Alemania que sus gigantescos acorazados, aunque fueran los mejores del mundo, eran ya obsoletos si no eran coordinados con unidades portaaviones. A partir de entonces Hitler cuidó más sus buques de gran calado, como el hermano del Bismarck, el Tirpitz, manteniéndolo relativamente cerca de la costa, desde donde podía extenderse una sombrilla aérea de protección.

Uno de los hechos más irónicos del hundimiento del Bismarck es que los aviones encargados de lanzar los torpedos fueran de un tipo totalmente anticuado e inadecuado para la guerra moderna. Los biplanos Swordfish (ya usados en Tarento) databan de la entreguerra, estaban hechos de tela y madera y eran lentos y débiles. Sin embargo, la sofisticación del sistema de puntería de los cañones antiaéreos alemanes fue contraproducente. Pensando que ya los ingleses no tenían en primera línea aviones tan obsoletos, los cañones tenían topes de velocidad para facilitar el siguimiento de los aviones enemigos. El tope inferior, para los blancos de menor velocidad, estaba por encima de la velocidad de los lentos Swordfish, de manera que era difícil para los artilleros empeñar a estos aparatos.

De los portaaviones tampoco se salvó el gemelo del Bismarck, el Tirpitz. El HMS Victorious tuvo su oportunidad de demostrar lo suyo, cuando en la Operación Tungsteno (2 de abril de 1944), escoltado por numerosos cruceros y otras unidades, lanzó veinte aviones contra el superacorazado, logrando éstos catorce impactos, que lo mantuvieron en puerto por tres meses debido a reparaciones.

Ataque a Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941)

Infinidad de palabras se han vertido sobre este suceso, tanto que parece ya repetitivo analizarlo. Conviene sin embargo repasar algunos detalles que a veces son olvidados o dejados de lado por los más conocidos.

En primer lugar, hay que destacar la enorme preparación que tuvieron los pilotos japoneses. No solamente estudiaron el ataque inglés a Tarento, obteniendo ideas y conceptos ya probados en menor escala, sino que añadieron los suyos propios y organizaron un ataque muchísimo mayor.

Lo curioso es que este plan fue elaborado por el almirante Yamamoto, que estaba totalmente en contra de la guerra con EEUU, ya que sabía por experiencia propia (había vivido en EEUU) que Japón no podía vencer a una potencia industrial con tantos recursos humanos. Pero como muchos otros militares japoneses, cuando se le dio la orden, obedeció con lo mejor que tenía.

Lo principal del ataque era la sorpresa, y se cumplió. Navegando por rutas desoladas del Pacífico Norte para evitar ser avistados, seis portaaviones (Kaga, Akagi, Shokaku, Zuikaku, Hiryu y Soryu) más 25 buques de aprovisionamiento hicieron total silencio de radio por varias semanas, con mar gruesa y sin mayores complicaciones.

Una de las más célebres fotografías de la guerra, por su iconismo y su trascendencia. Bombarderos despegando del portaaviones japonés Shokaku para iniciar el ataque a Pearl Harbor.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta que este factor sorpresa, del lado estadounidense, fue especialmente importante, ya que dejó totalmente fuera de guardia a los defensores. Muchos ya sabían que la guerra estaba a días de estallar, pero creían, como también se reveló cierto, que los japoneses se concentrarían en atacar otras partes de Asia. Incluso esta era la postura de todo el Estado Mayor enemigo, pero Yamamoto sabía que debía destruir la flota de la US Navy, e insistió en el ataque. La inteligencia le dio el dato de que los sábados y domingos los buques estaban todos en puerto. Así que no solamente el ataque fue un domingo, sino que se planeó de mañana, cuando la gente estaba desayunando y preparándose para ir a misa. Hawaii era para muchos la retaguardia, y aunque hubo muchos signos que indicaban el ataque japonés, estos fueron confundidos con la paranoia del momento o no fueron suficientemente indagados por las autoridades, y una serie de coincidencias impidió que hubiera una alerta. Hasta las señales del radar fueron malinterpretadas.

Gracias a esta sorpresa total, los japoneses no tuvieron que improvisar nada, y pudieron llevar a cabo un ataque perfecto, haciendo justo lo que habían ensayado y planeado por meses. La inteligencia les había dado mapas de la isla, datos sobre los buques, fotos de ellos, de las defensas, etc. En estos juegos de guerra, las fuerzas atacantes habían perdido dos portaaviones, y esto se había considerado aceptable, ya que los resultados habían sido devastadores del otro lado. La realidad se mostró todavía más favorable.

A 370 km al norte de Oahu, de los 6 portaaviones partieron dos oleadas de aviones (una cuidada mezcla de cazas, bombarderos en picado, bombarderos en horizontal y torpederos, tripulados por los más entrenados pilotos de Japón), separadas entre sí por una hora.

La seguridad en el puerto era mínima. Tarento tenía muchas medidas de seguridad, que los japoneses no tuvieron que sortear porque EEUU no estaba en pie de guerra. Las redes antitorpedos estaban almacenadas; los cañones de los buques estaban cubiertos con lona para evitar que les entrara agua; la munición estaba almacenada (a veces en contenedores cerrados con candados); muchos soldados y marinos no cargaban sus armas y estaban descansando o despertándose.

Fue así que pudieron aproximarse a baja altura, sin recibir fuego antiaéreo, y cada parte de la primera formación se dividió como era necesario: los cazas listos para defender a los bombarderos, los aviones de ataque en picado muy alto, los torpederos volando bajo, etc.

Poco antes de las 8 de la mañana, comenzó el ataque. Los portaaviones y otros buques estaban todos amarrados juntos, a veces en parejas, en una rada totalmente desprovista de medidas de seguridad que en épocas de guerra eran obvias. Los aviones estaban también en las pistas, alineados para facilitar su vigilancia ya que se temían sabotajes. Era una visión soñada: el jefe del ataque, capitán Mitsuo Fuchida, dijo que ni siquiera en tiempos de paz había visto un objetivo mejor.

El desastre fue mayúsculo. Concentrándose en los acorazados Oklahoma, California, West Virginia y Nevada, los aviones dañaron con bombas o torpedos a varios, haciendo que se escoraran o que se hundieran en su lugar. Los buques respondieron con fuego antiaéreo, y la sorprendida masa de soldados y marinos se rehizo rápidamente, tirando al cielo con todo lo que tenían. En ese momento el acorazado Arizona, que ya tenía varios impactos de torpedo, recibió una precisa bomba perforante que impactó en su santabárbara. El estallido fue mayúsculo, hundiendo al buque instantáneamente y matando a más de 1.000 tripulantes; a casi un kilómetro de distancia, el avión de Fuchida se sacudió en el aire.

Mientras tanto los bombarderos en horizontal y los cazas estaban demoliendo las bases aéreas de la isla para asegurarse que ningún avión despegara. Estos eran ametrallados en la pista, mientras los barracones se incendiaban y los soldados y aviadores disparaban con lo que tenían. Sólo dos aviones estadounienses lograron despegar, y fue poco o nada lo que pudieron hacer.

El Kaga, otro de los portaaviones japoneses participantes del ataque a Pearl Harbor. Puede notarse una vez más la escasa ortodoxia del diseño, con una obvia reconstrucción del diseño original (se trataba previamente de un acorazado rápido). Así de diversa era la flota de portaaviones japoneses.

Llegado el momento, Fuchida, que observaba con otro grupo de aviones más arriba, dio la orden de ataque a sus escuadrillas de bombarderos. Sintió la explosión del Arizona y con su grupo se concentraron en los buques que estaban menos dañados, como el Tennesse y el Maryland. Durante los dos ataques, diversas unidades menores fueron dañadas o hundidas, desde minadores hasta remolcadores.

Cuando esa oleada de ataque terminó su munición, se retiraron. La segunda oleada la tuvo más difícil por dos motivos. Primero, el humo era muy espeso y extenso. Las llamas de 150 metros surgidas del Arizona y la devastación de otros buques era tan grande que impedía avistar desde el aire a muchos de los objetivos planeados. La segunda dificultad era que la defensa antiaérea era mejor, porque ya los soldados se habían organizado y tenían un buen suministro de munición. De esta manera tuvieron que atacar objetivos de ocasión o concentrarse en blancos menores que estaban menos defendidos o que eran visibles en la cortina de humo. Las bases aéreas volvieron a ser atacadas también.

Repentinamente el ataque cesó y los aviones volvieron a sus portaaviones. Los japoneses no terminaron de hacer su evaluación de daños, pero luego se enteraron de lo sucedido. De los 353 aviones que despegaron, perdieron solamente 29 aviones con sus correspondientes tripulaciones. Ningún buque propio había sido dañado, a excepción de cinco submarinos enanos y uno de mayor tamaño, los cuales habían intentado un desastroso ataque por debajo del agua. Pero esto ya no era responsabilidad de los pilotos.

En cambio, EEUU tuvo mucho para perder: 2.043 hombres murieron, principalmente en el Arizona, que ni siquiera había tenido tiempo de defenderse debidamente; a esto se sumaban 1.178 heridos. 18 buques de diferente tipo habían sido gravemente dañados o hundidos: se perdieron el Arizona y el Oklahoma, además de dos destructores, el California, el West Virginia y el Tennesse quedaron inutilizados por meses y otros tuvieron que ser desencallados o reparados durante semanas. Además, se perdieron 96 aviones del US Army y 92 de la US Navy, contabilizándose como dañados otros 128 y 31, respectivamente.

Los japoneses no pudieron menos que calificarlo de una gran victoria, teniendo en cuenta estos números y la enorme superioridad del ataque y cómo se llevó a cabo. Sin embargo, y por una de las ironías de la historia, se podría haber hecho más. Fuchida, habiendo visto personalmente el nivel de sorpresa alcanzado y la escasa resistencia del enemigo, le pidió a Nagumo (comandante de la flota de ataque) que le permitiera recargar un grupo de aviones y hacer una tercera oleada. Además de algunos buques poco dañados, muchas instalaciones habían quedado indefensas, como por ejemplo las reservas de combustible, que alcanzaban para casi un año, o los talleres y diques secos. De haber existido esta tercera oleada, la US Navy hubiera quedado en peores condiciones, sin carburante y con una mayor proporción de buques dañados o hundidos.

Sin embargo, el almirante Nagumo estaba intranquilo. Como muchos otros oficiales japoneses, no aprobaba el plan de ataque porque implicaba arriesgar prácticamente toda la flota de portaaviones en un solo punto. Temía que sorpresivamente aparecieran otros buques estadounidenses, alertados por el ataque. De esta manera no escuchó los ruegos de Fuchida y ordenó regresar a bases japonesas.

Aunque el piloto tenía razón, los resultados de este hipotético ataque tampoco hubiera logrado el mayor objetivo de todos. La Flota del Pacífico fue diezmada y paralizada por un tiempo, pero los buques más importantes, los enemigos directos de los 6 portaaviones japoneses presentes, no estaban en puerto. De haber habido al menos uno (el Enterprise y el Lexington habían partido dos días antes), la victoria hubiera sido todavía mayor y más contundente. EEUU ya estaba dejando de lado los acorazados y concentrándose en los aviones embarcados y en los portaaviones. La destrucción de estas unidades acorazadas no hizo más que darles la razón en ese punto.

A la corta o a la larga, estos pocos portaaviones estadounidenses fueron vengando a sus camaradas caídos, hundiendo a los buques responsables del desastre de Pearl Harbor.

 

Hundimiento del Prince of Walles y el Repulse (10 de diciembre de 1941)

Luego del desastre de Pearl Harbor, pocas unidades acorazadas aliadas importantes quedaban en el teatro del Pacífico. Dos de ellas eran estos buques británicos. El primero era un acorazado famoso, que había llevado a Winston Churchill, siendo tanto un orgullo de la flota como una unidad muy moderna (hacía sido terminado ese mismo año) y famosa como sobreviviente del encuentro entre el Bismarck y el Hood. El segundo era un crucero de batalla anticuado, construido hacia 1916 y ya inadecuado para la guerra moderna. La decisión de enviar solamente estas unidades a Singapur fue de Churchill; sus críticos querían enviar una fuerza mayor, que tendría base en Ceilán, y que incluiría un portaaviones, ya que consideraban que la flotilla liderada por estas dos unidades (la cual incluía varios destructores más) estaba desequilibrada al no poseer unidades de otros tipos. Y tenían razón. Finalmente el portaaviones Indomitable no pudo asistir debido a varias reparaciones importantes.

El principal problema era, entonces, que la flota no tenía apoyo aéreo propio, mientras que la RAF no tenía bases de cazas en la zona como para proporcionarlo al menos temporalmente. Quedaron así a merced de los ataques japoneses desde portaaviones o desde tierra.

Al salir de puerto fueron descubiertos por aviones de reconocimiento y submarinos. Cambiaron su curso y su misión, que era la de enfrentarse a desembarcos japoneses, pero incluso así los japoneses les siguieron la huella. Una serie de malentendidos y casualidades hizo que finalmente la flota tuviera que dejar atrás a un crucero, que casi no tenía combustible; al ser este atacado tuvieron que ir en su ayuda. Los japoneses habían enviado una gran fuerza de bombarderos y los ingleses no tenían un solo avión en el aire.

La batalla fue obviamente desigual. Tanto el Repulse como el Prince of Wales fueron sucesivamente atacados, primero con bombas, que resultaron algo imprecisas, y finalmente con decenas de torpedos, los cuales fueron dañándolos cada vez más. Eventualmente ambos comenzaron a hundirse, mientras las demás naves los cubrían como podían para salvar su tripulación. 840 personas de ambos buques murieron, y la reputación de la Royal Navy cayó todavía más. No quedaban en el Pacífico buques de gran tamaño, más allá de los pocos salvados de Pearl Harbor, y que estaban a muchas millas de distancia. Eso permitió que los japoneses se movieran con todavía más impunidad por Asia, desembarcando unidades allí donde las necesitaban.

Estos dos hundimientos demostraron que a partir de entonces, era suicida enviar buques de superficie sin cobertura aérea, tanto embarcada como desde bases en tierra. La falta de portaaviones que sufrieron más adelante los japoneses, irónicamente, se los demostró a ellos también: por grandes que fueran los acorazados como el Yamato, la defensa antiaérea no podía detener totalmente los ataques

 

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