La guerra aeronaval de la Segunda Guerra Mundial a la fecha

El avance de la tecnología bélica hace que hoy, los buques de guerra sean muy diferentes a los de sólo unas pocas décadas. Como el resto de la tecnología bélica, los enfrentamientos posteriores a la Segunda Guerra Mundial ha cambiado drásticamente el panorama de la lucha naval.

Desde el siglo XIX los buques de guerra más poderosos se concibieron como grandes unidades armadas con poderosas baterías de cañones y en muchos casos protegidas, más o menos eficazmente, con corazas de espesor considerable para protegerse de los también muy poderosos cañones enemigos. Estos buques, denominados acorazados, eran la espina dorsal de cualquier flota importante. Eran barcos enormes, surgidos hacia fines de la década de 1860. Su calado, armamento y corazas fueron aumentando constantemente, hasta llevar a ser gigantescos aparatos de un peso más que considerable, que portaban piezas de hasta 450 mm, que disparaban protectiles del tamaño de un hombre a distancias de decenas de kilómetros. Las batallas las definían, finalmente, la potencia, alcance y presición de los cañones, y la fortaleza de las corazas. Pero los acorazados siempre fueron lentos, y finalmente resultaron ser ineficaces para defenderse de otro tipo de ataques: los de los bombarderos y torpederos en picada.

La Segunda Guerra Mundial trajo consigo la desaparición de los acorazados, que, sobre todo en las batallas del Pacífico entre las flotas japonesas y la estadounidenses, se demostraron insuficientes para afrontar enfrentamientos aeronavales coordinados. De poco les sirvió a los japoneses tener a los dos acorazados más poderosos del mundo: ambos fueron hundidos o rematados por aviones bombarderos.

Así quedó patentemente marcado el papel primordial que tendrían los portaaviones en cualquier conflicto aeronaval futuro. Fueron justamente los portaaviones supervivientes del ataque de Pearl Harbor los que lideraron los ataques a Japón, acompañados de grandes cantidades de portaaviones ligeros o medianos.
Lanzamiento de un misil Standard.

Los pocos buques "acorazados" que hoy sobreviven, incluso dotados de nuevo armamento y sistemas muy modernos, sólo pueden desempeñar un papel secundario en la guerra naval, el de apoyo artillero a desembarcos anfibios, gracias a sus piezas de artillería de grueso calibre. Un ejemplo de esto es el acorazado Missouri, que se ha convertido en un símbolo de la US Navy desde que en 1945 fue el barco en donde se firmó la rendición japonesa. Otros tipos de unidades han visto cambiadas sus tareas con la aparición de los misiles guiados, los helicópteros y el perfeccionamiento de los aviones a reacción.

El puesto de los acorazados como buques principales de toda armada es hoy ocupado por los portaaviones. De ellos, los más poderosos son los nucleares; por supuesto que estos sólo pueden estar presentes en marinas que se puedan dar el enorme lujo de construirlos y mantenerlos. Con enormes cubiertas corridas, puede lanzar y recuperar todo tipo de aeronaves especializadas: cazas, bombarderos, cisternas, aparatos de guerra electrónica, etc. Son básicamente grandes islas flotantes dedicadas a la guerra. Cada uno de esos gigantes del mar son verdaderas fortalezas, a veces con más potencial bélico que el de un país entero, que pueden mantener en alta mar a cerca de 5.000 personas encargadas de todos sus sistemas.

Un papel similar pero menor está destinado a los portaeronaves, plataformas especializadas para atender a helicópteros y también, últimamente, a aviones de aterrizaje/despegue corto/vertical, siendo el más conocido y operacional el AV-8B Harrier. Poseen todo tipo de talleres para atender las necesidades de estos aparatos, y cuentan con sistemas de comunicaciones suficientes como para coordinar su acción. Llevan a cabo misiones defensivas o de apoyo cercano a las operaciones anfibias.

Los cruceros son buques de gran capacidad y autonomía cuyas funciones actuales suelen ser la escolta y defensa de grupos de ataque a portaaviones o de combate de superficie. Transportan misiles antiaéreos y antibuque de largo alcance, ya que deben poder defender eficazmente a la flota que escoltan.

Luego de los cruceros y los portaaeronaves, las fragatas son las unidades navales más importantes. Claro que ya no son esos buques veloces y sencillos, más confiados en la rapidez de maniobra que en la potencia para el cumplimiento de sus misiones. Ahora, su poder ofensivo es notable, aún a pesar de la aparente sencillez e inocencia de sus líneas y el escaso número de piezas de artillería. Su operatividad ha crecido también en gran medida, aunque sus potenciales enemigos tienen los dientes muy afilados. Al poseer plantas motrices con turbinas de alrededor de 40.000 caballos de fuerza pueden navegar a 50 km/h con una autonomía de 4.500 millas. Pueden alojar a 160 o 180 hombres con 3500 toneladas de desplazamiento y cumplir misiones que cualquier reconocería como imposibles. Su rol principal son las misiones de combate de superficie y antisubmarino, para lo cual pueden embarcar también helicópteros.

Las corbetas son unidades más ligeras que las anteriores, generalmente más lentas que las fragatas, destinadas principalmente a misiones de escolta y defensa costera.

Finalmente, los destructores son una parte más especializada de la flota. Son unidades de mediano porte, que cumplen misiones de guerra antiaérea o antisubmarina, teniendo un protagonismo mucho más activo. Algunas pueden llevar helicópteros.

La conjunción de todos estos tipos de buques de guerra no indica, sin embargo, que estén superespecializados: comparten muchas características comunes, incluso con sus homólogos de otras naciones. Todo esto se debe principalmente a las evoluciones muy importantes que la Segunda Guerra Mundial trajo aparejadas. Una de las armas más comunes con las que cuentan los modernos buques de guerra son los misiles antibuque. Desplazaron a los grandes cañones de la Segunda Guerra Mundial, trayendo no pocas ventajas frente a estos: mayor alcance (más allá del horizonte visual), mayor presición y menor costo de lanzamiento y mantenimiento. Muchos son los modelos, con características muy variadas. Contra estos enemigos, los buques cuentan, como defensa de largo y medio alcance, con misiles antimisiles, como los Standard MR (EEUU) o los Sea Dart (Reino Unido), que puede asegurar la destrucción de cualquier objetivo aéreo ubicado entre los 45 y los 15.250 metros de altura a una distancia de entre 50 y 150 kilómetros.

Pero los misiles no son la única defensa frente a los ataques enemigos. Las fragatas más comunes poseen cañones como el OTO-Melara Compact, una pieza artillera de 76 milímetros. Comparado con la artillería naval de la Segunda Guerra Mundial, este cañón puede parecer poca cosa: su calibre parece más bien el de un tanque de esa época y no el de una pieza de acorazado normal (que superaba ampliamente los 100 mm). Sin embargo, mientras un cañón típico de la Segunda Guerra Mundial tenía una cadencia de tiro de unos quince proyectiles por minuto y requería una docena de servidores o más, el OTO Melara y sus homólogos actuales pueden poner en el aire de 85 a 100 proyectiles en ese mismo tiempo, contando con escaso apoyo humano (los cañones principales de muchos acorazados necesitaban al menos una docena de sirvientes). Puede, además ser utilizado como cañón antibuque o antiaéreo. Su alcance es, en el primer caso, de 5.000 metros, y en el segundo es de 16.000 metros. Se puede usar, con munición especial prefragmentada, como una eficaz defensa contra los misiles roza olas, como es el caso del Exocet.
Sistema antimisiles Vulcan Phalanx de 20 mm.

Pero para encargarse de este tipo de peligros se encuentran los sistemas antimisiles más especializados, como el Vulcan Phalanx, calibre 20 mm. Son sistemas de armas capaces de alcanzar cadencias de tiro de entre 3.000 y 4.200 disparos por minuto, levantando verdaderas murallas de proyectiles explosivos imposibles de perforar. Además, asistidos por los ordenadores de a bordo, pueden actuar en ataque de saturación, cuando el enemigo dispara más de un misil, para evaluar los porcentajes de probabilidades que tiene cada misil de llegar antes que el otro, y así eliminar a ambos. Así, una pieza es capaz de destruir a dos misiles que se aproximan a velocidad supersónica a 500 y 400 metros de distancia, con sólo un segundo de diferencia entre cada uno. Esto se logra gracias a la colaboración entre varios sistemas y subsistemas.

Para atacar objetivos sumergidos, los sistemas también son variados. Ya no es necesario contar con torpedos poco efectivos o con cargas de profundidad poco potentes: se pueden emplear torpedos buscadores (por sonar pasivo o activo) o torpedos guiados por hilo, lanzados en forma tradicional desde tubos de cubierta o llevados a las proximidades del buque sumergido por medio de cohetes ASROC.

Otro elemento muy importante del sistema de armas integrado de una fragata o un buque de mediano porte son sus helicópteros. Ya que surgieron luego de la Segunda Guerra Mundial, han redefinido muchas de sus enseñanzas posteriores. Algunas unidades navales medianas pueden embarcar uno o dos desde cubiertas de vuelo. Dotados con radares y con sonoboyas activas y pasivas, el helicóptero se convierte en un multiplicador de fuerza muy eficaz, aumentando la convergencia y el alcance de los sensores y las armas de a bordo. Son cazadores de submarinos muy eficaces. Pueden portar sus propios misiles y torpedos, y actuar como intermediario en la transmisión de datos a los misiles que van hacia el blanco, especialmente si son misiles con alcance transhorizonte, ya que necesitan de un radar que los siga guiando cuando no puede hacerlo ya el del barco lanzador.

Pero la diferencia fundamental que separa a un buque de guerra moderno de sus predecesores es lo que podríamos llamar dotación sensora: no por haber evolucionado, sino por haber aparecido. Los buques de la Segunda Guerra Mundial apenas contaban, y no siempre, con un radar primitivo, que miraba hacia adelante solamente, ya fuera aéreo o de superficie. A veces también tenían radares para la dirección de tiro de las piezas artilleras, pero no siempre. En pocas décadas, todo esto también ha cambiado. Los barcos de guerra actuales poseen una gran cantidad de sensores pasivos y activos, ya sean electrónicos, ópticos o electrópticos, desde radares de navegación y descubierta, apoyo para guerra electrónica (de defensa y ofensivos), sensores acústicos antisubmarinos (activos y pasivos), radares de dirección y control de tiro para todas las armas, radares para guiar misiles, sistemas de exploración infrarroja, lásers para apuntar y determinar distancias, sistemas de comunicaciones de superficie o satelitales... La lista sigue con otros subsistemas y detalles. Los "castillos" de las naves están abarrotados de material electrónico de todo tipo y clase. Tanto, que a veces pueden cometerse errores de diseño o de uso. Por ejemplo, numerosas naves de la Marina Inglesa llevan una pareja de radomos SCOT para comunicaciones por satélite, que operan en bandas de alta frecuencia, no muy lejana a las frecuencias utilizadas por los radares buscadores de misiles y los de dirección de tiro. El uso operacional del SCOT ha hecho que a veces estos sistemas tan vitales se apaguen, dejando al barco temporalmente ciego frente a ataques enemigos. Supuestamente, esta fue la causa del hundimiento del HMS Sheffield durante la guerra de Malvinas. Sin embargo, también hay que dejar en claro que los sistemas de defensa antimisiles de la Marina Inglesa no estaba preparado para los Exocet, ya que no contaban con los sistemas antimisiles adecuados.
Cañón de 76 mm montado sobre la proa de un navío de la US Navy.

Algunos de estos sensores tienen por finalidad descubrir las posibles amenazas en el área circundante a la nave, sean aéreas (como aviones, helicópteros y misiles), de superficie (buques, aviones, helicópteros o misiles a ras de las olas o periscopios) o bajo las aguas (submarinos y torpedos). Otros sistemas sirven de ayuda a la navegación, o de medios complementarios para la detección, como los exploradores o visores infrarrojos, las cámaras de televisión de baja intensidad lumínica, etc. Como medios de guerra electrónica, un buque de guerra puede contar con sistemas de contramedidas capaces de captar y clasificar las señales de los radares enemigos, empleando los dispositivos necesarios para interferir o perturbar sus emisiones.

Aunque pueda parecer que no existe ningún nivel superior de sofisticación en los actuales sistemas de guerra aeronaval, esto no es cierto. Siempre se encuentra alguna forma de mejorar un equipo, idear y construir uno nuevo, etc. Actualmente los motores se van haciendo cada vez más silenciosos, los torpedos más inteligentes y seguros, los misiles más rápidos y certeros. Por otro lado, como siempre, los sensores, radares y sonares se hacen cada vez más sensibles y, ayudados por computadoras especiales, permiten evadir toda clase de peligros por sobre, debajo y arriba del agua en cuestión de segundos. El progreso de la tecnología militar nunca se detiene.

Un ejemplo de batalla aeronaval moderna

El 17 de mayo de 1987, la fragata estadounidense Stark se encontraba en Situación de Alerta III. Tenía todos sus sensores aéreos y de superficie en funcionamiento, así como los sistemas de armas. La imponente Stark navegaba con las obligadas luces de situación requeridas por los reglamentos internacionales, mientras participaba en un intercambio de datos con otras dos unidades navales estadounidenses el destructor Coontz y el buque de mando La Salle. También estaba en estrecha colaboración con un avión de alerta temprana AWACS, de la USAF. Cada una de las tres unidades recibía de forma instantánea, a través del enlace de datos de sus ordenadores centrales, toda la información sobre contactos aéreos captada por el potente y sofisticado radar del AWACS. Así, toda la información acerca de los aviones en la zona de cubierta del radar (altitud, rumbo, velocidad, etc.) aparecía en los controles y los tres barcos. No se trataban de simples maniobras, ya que los buques estadounidenses habían sido desplegados en el Golfo Pérsico en plena guerra irano-iraquí, que había comenzado en 1980. Estaban allí para defender el derecho a la libre navegación en aguas internacionales, ya que se habían producido varios incidentes con unidades navales ligeras iraníes; los hundimientos de petroleros por aviones iraquíes utilizando aviones y misiles franceses ponían en peligro la navegación de la zona. De hecho, 1987 fue el año en donde se detectaron más hundimientos, con seis naves en total. A las 17 horas ZULU (horario internacional militar utilizado por los estadounidenses) el AWACS, un Boeing E-3A Sentry con base en Arabia Saudí, informó del contacto con un avión solitario no identificado (previsiblemente iraquí) con rumbo sur. En esos momentos se trataba de una nave amistosa. Cuarenta minutos después, el avión fue detectado por el Coontz a unas 120 millas náuticas de la Stark, con rumbo 285 grados. La fragata Stark tardó unos minutos en poder obtener un contacto por radar con el blanco, hasta que este entró en el alcance de sus sistemas de descubierta. A las 17:58 horas, el blanco apareció en las pantallas con rumbo 260 grados, y a 70 millas náuticas de distancia, Dos minutos después, el Coontz informó que la posición del avión iraquí, que volaba ahora con rumbo 073 grados, a una velocidad de 290 nudos y a una altura de 1.00 metros aproximadamente. En ese momento, la Stark, que navegaba a 10 nudos, cambió la dirección a 300 grados. Del Coontz, a las 18:03 horas llegó un mensaje: "avión iraquí con rumbo 043 grados, alcance 45 millas náuticas, velocidad 335 nudos, altitud 3000 pies, dirigiéndose hacia la Stark." El tercer buque estadounidense, el La Salle, preguntó a la Stark si vigilaba el vuelo del avión, y recibió un escueto "afirmativo" como respuesta. Tres minutos más tarde, el equipo de apoyo electrónico de la fragata recibió la señal de que el buque estaba siendo iluminado por un radar aéreo de control de tiro en modo búsqueda, confirmado el rumbo de 269 grados a 27 millas.

A las 18:09 horas el AWACS oyó a la Stark interrogar por radar al avión iraquí, tras autoidentificarse como un buque de guerra estadounidense con rumbo 078 grados y a 11 millas del avión. No se oyó respuesta de ningún tipo, pero uno o dos minutos más tarde el AWACS registró un súbito y brusco cambio de rumbo del avión iraquí. Este incrementó su velocidad, lo que podía indicar que había lanzado un misil. En ese momento la Stark informó que sus sistemas de vigilancia habían descubierto un artefacto. Casi instantáneamente, los vigías del puente informaron de un contacto visual a babor. Se trataba de un misil antibuque. La alarma general sonó y a las 18:10 horas la Stark puso en funcionamiento su radar de control de tiro sobre el avión enemigo. Cinco minutos después, el primer misil hacía impacto en el costado de babor, en la segunda cubierta, sin hacer explosión. Aproximadamente 25 segundos después, un segundo misil alcanzó a la fragata casi en el mismo punto,y detonó en una de las cubiertas de marinería. Los misiles eran del tipo Exocet AM 39, lanzados desde un Mirage F.1 iraquí. El avión y los misiles eran de fabricación francesa, y el piloto se había entrenado en Francia. La explosión del segundo misil y el propelente sobrante del primero originaron un incendio que llegó a alcanzar temperaturas de 1700 a 2000 grados centígrados. Murieron 37 tripulantes; la fragata, cuya debilidad de diseño había sido criticada, consiguió mantenerse a flote y, una vez reparada, volvió al servicio activo a fines de 1988.

Aparentemente la Stark fue confundida con un petrolero iraní, pero el error no fue solamente iraquí: se puede decir que todos los responsables de la nave fueron culpables de no utilizar sus sistemas de defensa de manera más eficiente.



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