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Robert Fulton, conocido por su éxito comercial con el barco de vapor, se metió en asuntos militares antes de su conocido proyecto. Desarrolló un "barco sumergible" que pensó que podía ser usado para poner cargas de explosivos en los cascos de los barcos enemigos, por debajo de la línea de flotación. Napoleón Bonaparte incluso llegó a alentar al inventor norteamericano, pero dejó de apoyarlo después de que Fulton invirtiera todo el verano de 1801 tratando de alcanzar un barco británico, obviamente sin éxito. Entonces, Fulton recurrió a ls británicos, quienes autorizaron un ataque contra la flota francesa en Boulogne. Los torpedos no funcionaron. De nuevo en Nueva York, el inventor logró torpedear un barco en una demostración, pero los Estados Unidos tampoco mostraron interés por el invento.
La historia de la invención del tanque de guerra o carro de combate está marcada por el exceso de tradicionalismo, que llevó a los militares a rechazar una y otra vez un concepto que luego demostraría poder revolucionar la guerra totalmente.
Durante 5 años, desde 1904 hasta 1909, un ingeniero inglés llamado David Roberts, empleado en un alto cargo de una empresa inglesa, trató de vender la idea de un tractor para remolcar piezas de artillería. Una parte del ejército inglés quería evaluar el proyecto, y hacia 1908 un oficial le dijo a Roberts que lo que tendría que diseñar era un vehículo con blindaje, capaz de llevar su propia arma montada, en lugar de remolcarla. Sin embargo, luego de cinco años de batallar contra la burocracia y la indecisión de los militares ingleses, el inventor dejó de lado todas esas ideas.
Luego fueron los austríacos los que pudieron llevar a cabo el concepto. Guenther Burstyn, un ingeniero de este país, diseñó un vehículo acorazado hacia 1911, inspirados en los tractores que comenzaban a surgir por esa época. Este vehículo ya incorporaba una torreta móvil. La movilidad la proporcionaban dos pares de ruedas montadas en estructuras como brazos articulados; un par adelante y otro atrás. El gobierno austríaco aceptó la idea... pero le pidió al mismo inventor que probara tener el dinero suficiente como para construir un prototipo. Como Burstyn no tenía el dinero ni los contactos suficientes como para pedir un préstamo, tuvo que abandonarlo. Más adelante se lo ofreció al gobierno alemán, pero con nuevos resultados adversos.
Casi al mismo tiempo, en 1912 un inventor civil australiano, Lancelot De Mole, presentó ante el Ministerio de Guerra Británico su última realización: un vehículo blindado, con ruedas oruga, que podía llevar soldados en su interior para protegerlos del fuego enemigo y permitirles moverse entre trincheras y alambradas. El Ministerio lo ignoró; más adelante comenzaron a diseñar algo similar ellos mismos, pero ni se dignaron escuchar las ideas del inventor.
De Mole hizo varias propuestas de diseño más, en 1914 y 1916, con la Gran Guerra ya en curso; en 1917 hizo su última presentación, en la cual presentó un modelo de 1/8 del tamaño real del diseño. Todo cayó en oidos sordos; nadie escuchó sus ideas, a pesar de que podrían haber sido útiles para el desarrollo ya en curso de los primeros tanques.
La respuesta a esta indiferencia llegó más tarde. El gobierno de Australia, luego de la guerra, se puso a investigar porqué las ideas de De Mole habían sido ignoradas de esta manera. Se le contestó que sus propuestas eran demasiadas avanzadas para la época. Una comisión de inventores premió a De Mole en 1919, reconociendo la brillantez de su diseño. Sin embargo, debido a la situación, solamente pudo darle como premio un pago de 987 libras esterlinas a De Mole, para afrontar sus gastos. En ese año, el inventor reconoció que fue presionado por algunos amigos para venderle el diseño a los alemanes, pero que él había declinado la oferta por razones patrióticas.
Cuando a principio de siglo los barcos usaban palomas para comunicarse con la costa, en 1924 los japoneses dieron un paso adelante. Un informe en un periódico afirma que una paloma, metida dentro de un contenedor sellado, fue expulsado desde un submarino sumergido hacia la superficie, usando el tubo de torpedos. El experimento fue exitoso: la paloma sobrevivió, salió a superficie, voló y entregó el mensaje.
En 1914, Pemberton-Billing diseñó, construyó y probó un caza totalmente nuevo en solamente siete días. En comparación, un avión de guerra actual como el Eurofighter o el F-22 tarda unos 20 años en cubrir todas esas etapas.
En 1917 la Royal Navy experimentó con dos leones marinos para ver si podían detectar submarinos. Se llamaban Queenie y Billikins y al comienzo reaccionaron bien, pero luego se acostumbraron a frecuentar una playa a la que siempre volvían, dando resultados falsos.
En teoría, por el precio de un avión de guerra actual de 60 millones de dólares se podrían comprar unos 10.000 Spitfire de la Segunda Guerra Mundial.
En ambas guerras mundiales, la vida útil promedio de un caza era de dos meses.