Proyecto Babilonia

Este proyecto, autorizado por el dictador iraquí Saddam Hussein, planteaba la construcción de una serie de cañones de calibre medio y descomunal tamaño, cuyos objetivos pudieron haber sido el territorio israelí. Aunque se logró avanzar en su construcción, la guerra de 1991 y otros sucesos detuvieron para siempre su desarrollo.

 

El enlace con la Segunda Guerra Mundial

Sin duda el principal responsable del desarrollo del proyecto fue el diseñador de cañones canadiense Gerard Bull. Una de las personas que más sabía de estos temas, Bull estaba obsesionado con construir cañones supergigantes, capaces incluso de lanzar satélites.

Según se dice, Gerard Bull logró aprender mucho del cañón alemán V-3, de parte de una de las personas que más sabían de él: el Mayor inglés Robert Turp. En 1978, Bull, quien tenía una empresa destinada a diseñar armamento, contrató a Turp, quien durante la guerra era miembro del MI-10, el servicio de inteligencia técnica británico. En 1945 este oficial inglés tuvo que investigar un centro experimental de armas alemán, en Lübeck, dependiente de la Deutsche Waffen Munition. Entre lo que encontró figuraban los planos de cañones de 40 metros, tal vez derivados o similares a los usados en las Ardenas. En los interrogatorios, los ingenieros alemanes le dijeron a Turp que habían logrado un disparo de 300 km de alcance.

Aunque pueda tratarse de una exageración tendiente a impresionar al enemigo, también es posible que hubiera datos técnicos en esos planos, seguramente confidenciales, que permitieran esta hazaña de la tecnología. Por ejemplo, se menciona el uso de anillos explosivos en lugar de recámaras en ángulo.

Fuera como fuera el asunto, Bull, siguió diseñando armas y se metió en problemas al venderlas a países que estaban siendo bloqueados por la comunidad internacional, como era el caso de Sudáfrica e Irak. Eventualmente terminó trabajando para Saddam Hussein, entre otras cosas para llevar adelante el Proyecto Babilonia.

Sin embargo, Bull ya se había ganado muchos enemigos. El proyecto comenzó en 1988, y dos años después, el genial ingeniero era asesinado, supuestamente por agentes del Mossad (servicio secreto israelí) quienes querían impedir que el cañón desarrollado pudiera amenazar Israel. Al año siguiente, la Segunda Guerra del Golfo paralizó para siempre su construcción, llegando finalmente a la confiscación y destrucción de todas las piezas involucradas.

 

Desarrollo paso a paso

Bull, comprendiendo seguramente la dificultad de la tarea, había pensado en un desarrollo escalonado, usando prototipos y modelos de prueba. No existen pruebas contundentes acerca del propósito específico del Proyecto Babilonia, pues algunos creen que Bull seguía queriendo desarrollar la idea de lanzar satélites. Sin embargo, conociendo las ambiciones de Hussein por atacar Israel, es evidente que uno de los propósitos principales de este proyecto era lograr un supercañón capaz de bombardear territorio israelí a muy larga distancia.

Sea como fuere, los prototipos de los que se tienen datos no eran de elevadísimo calibre: no pasaban de los 350 mm. Sin embargo, los cañones eran extremadamente largos y no constaban de una sola pieza, sino que comprendían varias secciones.

Los construidos fueron:

Como puede verse, el tamaño de estas piezas las hacían totalmente estáticas, imposibilitando incluso el apuntar. Es por eso que muchos consideran que su objetivo no era bombardear Israel u otros blancos, ya que el enorme esfuerzo técnico y económico puesto en su diseño y construcción no hubiera durado demasiado. Gigantescos y fáciles de detectar al disparar, hubieran sido muy vulnerables a un ataque aéreo, incluso uno no muy preciso, pues cualquier parte dañada hubiera inutilizado el conjunto.

Otros expertos consideran que las piezas podrían haber tenido un objetivo dual, incluyendo el disparo de satélites a la órbita terrestre, algo que obsesionaba a Gerard Bull. Tal vez el ingeniero le vendió a Hussein la posibilidad de usar los cañones para ambas cosas, incluso sabiendo que su uso como arma militar sería realmente muy limitado.

Hay informes que hablan, así mismo, de cañones capaces de ser elevados y apuntados, el más pequeño con un calibre de 350 mm y una longitud de 30 metros, y el mayor, con un calibre de 600 mm y un largo de 60 metros. El primero hubiera tenido un alcance de cerca de 1.000 kilómetros. Irónicamente, estas armas más pequeñas podrían haber sido más peligrosas, ya que eran relativamente prácticas comparadas con sus hermanos mayores.

Se puede especular, finalmente, que Bull tal vez pensaba desarrollar algún tipo de munición guiada, que corrigiera el problema de no poder apuntar el arma. Sin embargo, esto no es más que una idea, y la verdad es que con la muerte del ingeniero y con la destrucción del programa, muchas cosas quedaron sin responder.

 

Destrucción coordinada

Conocedor del oficio, Bull había dispersado los pedidos de las piezas para los cañones en una serie de empresas de varios países europeos, incluyendo Gran Bretaña, Francia, Italia, Suiza, Alemania, España, Grecia, etc. Luego los componentes eran ensamblados en Irak.

A pocos días del asesinato de Bull, en marzo de 1990, agentes de la aduana inglesa decomisaron, seguramente con órdenes previas, varias piezas destinadas a uno de los prototipos. Estas piezas estaban etiquetadas como elementos para la industria petroquímica, pero ciertas incongruencias con respecto a cuestiones técnicas podrían haber alertado a los agentes de aduanas.

Lo cierto fue que no fue la única operación: en Grecia y Turquía, varios camiones con componentes para estos cañones también fueron detenidos y su carga decomisada. Otros ni siquiera salieron de sus fábricas, al descubrir la comunidad internacional su verdadero propósito.

Esto dio el tiro de gracia al proyecto, que de por sí se había quedado sin su principal impulsor. Lo poco que quedaba del Proyecto Babilonia se perdió luego de la guerra de 1991, cuando las autoridades iraquíes finalmente aceptaron la existencia del proyecto secreto y permitieron que fueran destruidas las piezas remanentes.

Unas pocas piezas, sin embargo, pueden verse en dos museos militares británicos. Se trata de los componentes decomisados, que no fueron destruidos. Ensamblados pero sin una referencia cierta del tamaño y uso final, es difícil hacerse una idea cierta de cómo habrían lucido de ser utilizados.

 

 


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