Proyecto HARP

Una de las más espectaculares tomas del proyecto HARP: un lanzamiento en el cual la estela de humo y llamas es tanto o más larga que el cañón lanzador. Algo que se repetía, varias veces al día, en aquella instalación, casi de ciencia ficción.

Algunos proyectos permanecen relativamente desconocidos para el público en general, a pesar de la enorme contribución que realizan a la Humanidad en general, y a la ciencia en particular. A veces este tipo de proyectos, si bien tienen un financiamiento militar, dan como resultado enormes avances en campos civiles muy útiles, y resultan por tanto doblemente importante conocerlos y apreciarlos.

El Proyecto HARP (abreviatura en inglés de High Altitude Research Project, Proyecto de Investigación de Gran Altitud) es uno de estos ejemplos. Con un origen bipartito, siendo financiado tanto por el Departamento de Defensa de EEUU como por el Departamento de Defensa Nacional de Canadá y por una universidad canadiense, no ha quedado grabado en la historia de la ciencia popular, a pesar de toda su importancia.

Su objetivo era ambicioso y completamente de ciencia ficción: estudiar la balística de objetos en reentrada disparando estos objetos en gigantescos cañones para luego ver cómo reingresaban a la atmósfera. Las investigaciones de balística a velocidades supersónicas en las altas capas de la atmósfera eran costosas y tendían a serlo más, cuando los vectores que lanzaban los objetos a estudiar fallaban, explotando en el aire, o desviándose, etc. El uso de un cañón les permitía reducir los costos para localizar modelos de vehículos a grandes altitudes y velocidades.

 

Comienzos en plena Guerra Fría

Debemos tener en cuenta que en esa época, a comienzos de la década de 1960, la tecnología de misiles, si bien no estaba en pañales, todavía estaba desarrollándose, y los errores propios del proceso solían ser grandes y costosos.

La escala de la investigación era también muy grande y costosa, de manera que, varios años antes, un ingeniero de balística llamado Gerard Bull, comenzó a destacarse por las alternativas que planteaba. Este genial ingeniero, de origen canadiense y de apenas 23 años, debía trabajar en el desarrollo de misiles anti-misiles balísticos, entre otras asuntos. Para eso debía pensar muy bien cómo un misil podía interceptar a otro a velocidades supersónicas, lo que implicaba construir túneles de viento capaces de alcanzar estas velocidades. Sin embargo, el CARDE, una centro de investigación militar anglocanadiense cuyo objetivo era estudiar soluciones balísticas y de artillería, le negó los fondos debido a que el presupuesto era muy elevado.

Metido en un gran problema, Bull recibió la propuesta de los encargados de artillería del instituto, lo cuales le dijeron que podían construirse modelos a escala de los misiles o aviones que debían probarse, los cuales serían disparados desde cañones especialmente adaptados. Esta solución de baja tecnología y costo demostró ser muy buena. Con el tiempo, Bull consiguió su túnel de viento supersónico (que se armó con presupuesto muy bajo y de manera improvisada), pero quedó tan impresionado con el potencial del uso de cañones para hacer parte del trabajo de investigación, que continuó teniendolo en cuenta.

Durante la década de 1950, Bull siguió impresionando a sus superiores, y a pesar de que el departamento para el que trabajaba no consiguó ensamblar ningún vehículo y terminó siendo restructurado debido a los recortes de fondos del gobierno británico (que cedió la institución a su contraparte canadiense). Todas sus investigaciones resultaban prometedoras y permitían vislumbrar armas muy avanzadas. En EEUU, ciertas figuras militares comenzaron también a acercarse al genial ingeniero, colaborando con él en ciertos proyectos.

Fue así que el temperamental Bull terminó renunciando a su trabajo en Canadá y continuó investigando, utilizando contactos en todas partes. Para comienzos de la década siguiente, logró que la Universidad McGill, en la que era profesor, construyera un gran laboratorio de investigación balística en terrenos que eran suyos. Allí comenzó a experimentar con piezas de diversos calibres.

Sin embargo, todo tomó un giro radical cuando, a finales de 1961, Bull se reunió con un militar estadounidense en el campo de pruebas de Aberdeen, junto con el director del mismo. El canadiense logró interesarlos en la idea de lanzar partes de misiles a la atmósfera utilizando un gran cañón, para poder estudiar el comportamiento de estos objetos inertes durante el proceso de reentrada, sin tener que lanzar un costoso misil lleno de carga. Además de este ahorro de dinero, el programa de desarrollo de misiles intercontinentales se vería acelerado, ya que costaba mucho más tiempo preparar un misil y su lanzamiento que disparar modelos a escala desde cañones.

Conformes con lo que escucharon, y conociendo la reputación de Bull, los dos estadounidenses le propusieron financiar, con dinero estatal, un proyecto denominado HARP.

 

Prometedores comienzos

Los inicios del programa tuvieron lugar en el laboratorio que la universidad McGill le había construido a Bull, en Canadá. Para sus lanzamientos, el ingeniero siempre había utilizado cañones estandar de ánima rayada, los cuales eran recalibrados de manera que se removían las estrías y se convertían en cañones de ánima lisa. Esto reducía un poco la estabilidad del proyectil pero daba como resultado mayores velocidades de salida.

Los militares estadounidenses, en colaboración con la US Navy, aportaron un cañón sobrante calibre 406 mm (16 pulgadas) de un acorazado, que medía 20 metros de largo. La Oficina de Investigación Naval pagó para que fuera re-calibrado, quedando en 416 mm al eliminarse las estrías y convertirse en un cañón de ánima lisa. Todo costó unos 2.000 dólares, envío incluido: como ya veremos, las cuestiones presupuestarias estaban a la orden del día.

Sin embargo, al poco tiempo de comenzar los estudios, se vio la necesidad de mover la instalación a un lugar más grande. La finca del laboratorio tenía unos 8 kilómetros cuadrados, y el cañón tenía una gran repercusión en la zona.

Todo se solucionó, de nuevo, gracias a los contactos de Bull. La Universidad McGill tenía una estación meteorológica en el Aeropuerto Seawell, en Barbados, así como buenas relaciones con el partido gobernante, y apoyó la idea de mover allí las instalaciones. Usando el cañón apuntando hacia Atlántico, una instalación esta región relativamente remota podía experimentar con todo tipo de proyectiles sin temor a dañar o herir a nadie.

Bull convenció al presidente de turno y los cañones se movieron hacia el Caribe, no sin algunos problemas logísticos debido a su tamaño. Desde el comienzo, se necesitó de mucha mano de obra local, y Bull convenció a las autoridades de que esto era positivo para el país, ya que lo ponía a la vanguardia científica en el área, pudiendo servir para lograr otros avances en el futuro.

La idea del proyecto era utilizar el enorme cañón para lanzar proyectiles cargados de sensores, capaces de medir todo tipo de variables atmosféricas a gran altitud. A diferencia de lo que pueda parecer, los proyectiles eran de calibre bastante pequeño, unos 125/200mm (dependiendo del modelo), ya que eran puestos en sabots, piezas que las hacían encajar en el cañón pero que luego se descartaban en vuelo para aumentar su velocidad. Además de sensores, los diferentes tipos de proyectiles fueron provistos de chafs y agentes químicos, que lanzaban a alturas establecidas, y permitían seguir visualmente o por radar la evolución de la prueba. Las pruebas fueron tan numerosas y exitosas que incluso hoy sus datos son un porcentaje enorme de la suma de conocimientos que se tiene sobre varias capas de la atmósfera.

 

Desarrollo, municiones y mayores cañones

La historia del proyecto puede seguirse fácilmente de acuerdo a la munición que se iba desarrollando y utilizando, la cual iba siendo mejorada y actualizada cada vez que la versión anterior alcanzaba su cometido.

Los Martlet tuvieron cuatro versiones básicas, que son las siguientes:
Martlet 1: el primer proyectil de prueba, con un peso de 200 kg, calibre 170mm (aunque preparado para un cañón de 410mm) y 1,8 metros de largo. Solamente se fabricaron cuatro, y fueron disparados durante enero y febrero de 1962.
Martlet 2: fue el principal proyectil de prueba. Se lanzaron unos 200, de diferentes pesos y configuraciones. Muchos cargaban sistemas para estudiar las condiciones en la alta atmósfera, cerca de donde comienza el espacio exterior.
 
Martlet 2G: más avanzado que el anterior, pesaba 160 kg y utilizaba un sabot.
 
Martlet 2G-1 y 2: era el proyectil proyectado para materializar el sueño de Gerard Bull de enviar satélites al espacio usando cañones. La primera variante tenía un motor cohete de combustible sólido en el proyectil, mientras que la segunda añadiría otro motor, que pondría la segunda etapa del proyectil/satélite en órbita. Sin embargo, la carga útil no era significativa.
Martlet 3: fue la serie más avanzada de proyectiles impulsados por cohete que salió del proyecto HARP.
 
Martlet 3A: había sido ideado para tener un calibre real de 410 mm, sin disponer de sabots que lo subcalibraran. Su motor cohete debería ayudarlo a llegar a los 500 metros de altura, pero hubo problemas con el propelente sólido del cohete, que se deformaba durante el disparo. El diseño no fue exitoso, a pesar de todos los disparos realizados.
 
Martlet 3B: intentó solucionar los problemas del modelo anterior, sin resultado.
 
Martlet 3D: este modelo sería equipado con un cohete experimental suborbital, usando la primera etapa del Martlet 4. Sin embargo, como este modelo no se materializó, tampoco se construyó ningún Martlet 3D.
 
Martlet 3E: un cohete suborbital de menor calibre (180mm), pensado para ser disparado desde otro cañón utilizado en el HARP.
Martlet 4: se planearon dos versiones a escala completa de proyectiles capaces de llegar a la órbita terrestre. El primero usaba etapas con igual cantidad de motores cohete de combustible sólido, capaces de llevar una carga útil
de 25 kilogramos. El segundo modelo utilizaba motores cohete de combustible líquido, y teóricamente podía colocar en órbita unos 100 kilogramos de carga útil.
 
Ambos modelos tenían una longitud de 8,5 metros y un calibre completo de 410 mm, pesando unos 1,300 kilogramos al momento del despegue.
 
Sin embargo, ningún Martlet 4 fue construido, ya que todo el proyecto fue cancelado antes de llegar a esta etapa.

En enero de 1962 tuvo lugar el primer disparo del cañón, aunque en este caso solamente se lanzó un sabot vacío, sin proyectil, para probar todos los sistemas de fuego. El resultado fue tan bueno que Bull y sus ingenieros se animaron a abandonar otros dos disparos de prueba. El segundo disparo fue, entonces, realizado con munición real.

Fue el comienzo del uso de los Martlet, proyectiles especialmente diseñados para el cañón del HARP. Nombrados así por el ave mítica que campa en el escudo de la Universidad McGill, estos proyectiles con forma de dardo pasaron por diferentes etapas de diseño y cargaban todo tipo de sensores.

Los primeros Martlets tuvieron problemas que los ingenieros pudieron identificar con relativa facilidad, principalmente debido al mal desempeño de la pólvora, que era vieja, y al hecho de que el proyectil salía tan rápido del cañón que no le daba tiempo a la pólvora a quemarse completamente. Para noviembre de 1962, con nueva pólvora, los Marlets de 150 kgs. eran lanzados regularmente a una velocidad de 3.000 metros por segundo, alcanzando alturas de 66.000 metros.

A partir de entonces, como puede verse en la tabla adjunta, los Martlets fueron creciendo en sofisticación y tamaño. Al comienzo, mucho del peso estaba asociado a una carga de elementos químicos para lanzar en las capas de la atmósfera y poder realizar un seguimiento óptico, chaffs para seguimientos de radar o dispositivos electrónicos para realizar mediciones del campo magnético.

El escaso costo del proyecto queda marcado en las declaraciones del mismo Bull, quien comenta que los disparos de estos proyectiles tenían lugar durante todo el día, para estudiar la progresión de la atmósfera incluso durante la noche. Como cada lanzamiento costaba unos 5.000 dólares, no eran raras las noches en las que se disparaban hasta ocho Martlets del mismo o diferente tipo, para tener datos tanto actualizados como comprobables a través de referencias cruzadas.

En Canadá, Alaska y Virginia, otras instalaciones similares, pero con cañones menores, hacían disparos similares, dentro del mismo proyecto. En total, se calcula que se realizaron unos 1.000 disparos.

Mientras tanto, si 1962 fue el año del Martlet 2, el siguiente estuvo dedicado a probar a su sucesor, el Martlet 3. Más grande, su objetivo era comenzar a probar lo necesario para lazanr un proyectil dotado de motores cohete de combustible sólido. Luego de algunos inconvenientes técnicos y de pruebas en el campo de investigación balística de Aberdeen, en EEUU, el nuevo proyectil logró altitudes de 250 km al ser lanzado desde el cañón situado en Barbados.

Sin embargo, el objetivo final del proyecto, según los intereses de Bull, todavía no había sido alcanzado. Para llegar al espacio y colocar allí una carga útil, como un satélite, había que ir más lejos. Para eso se desarrolló el Martlet 4, un cohete de cuatro etapas. Pero el agregado de varias etapas no era suficiente por si mismo. Había que agrandar el cañón.

Fue así que se tomó la decisión de aumentar la escala del proyecto. En 1964, uno de los protectores de Bull convenció al gobierno de Canadá (recordemos que hasta el momento los fondos provenían del US Army y de la Universidad McGill) para sumarse al proyecto. Parecía una buena forma de ingresar en la carrera espacial sin gastar el dinero que requería el diseño y construcción de enormes misiles. Por tres años, el país natal de Bull financiaría la investigación con un total de 2,5 millones de dólares anuales (el costo total del programa sería de 9 millones durante tres años).

Otro cañón de 410 mm estaba siendo probado, en las instalaciones de McGill en Canadá, aunque en este caso se lo disparaba horizontalmente. Con este nuevo empuje para el proyecto, se tomó la pragmática decisión de cortarle la recámara y soldar este cañón a otro, logrando así un cañón el doble de largo, que ahora tenía una longitud de 40 metros.

Aumentar la longitud del cañón resultaba en una mayor performance, ya que el proyectil se aceleraba más lentamente, exponiéndolo a menos G y permitiendo que la pólvora se quemara mejor. Una vez se probó que el sistema funcionaba en horizontal, se envió otro de estos cañones a Barbados, reforzado con una estructura externa que además permitía su elevación. Este arma fue la utilizada durante los años 1965 y 1966.

Esta fue, tal vez, la cima del proyecto, teniendo en cuenta algunos de los números alcanzados. El 18 de noviembre de ese año, por ejemplo, se logró lanzar un Martlet-2 a 3.600 metros por segundo, logrando una altura de 180 kilómetros. Un record que todavía hoy se mantiene firme, y que no parece tener ningún competidor.

1967 fue el año de redoblar nuevamente la apuesta. Con un cañón mayor, que había demostrado lo que se podía hacer con una de las primeras versiones de proyectiles, se comenzó el diseño del Martlet-4, destinado no sólo a llegar a la órbita terrestre sino a llevar pequeñas cargas útiles. Sin embargo, con poco tiempo antes de la cancelación del contrato con el gobierno canadiense y diversos problemas con respecto a la ejecución del dinero prometido hicieron que aquél fuera un año perdido. Ningún Martlet-4 fue producido, e incluso una versión simplificada, basada en el Martlet-2G, quedó simplemente en el papel.

 

El ocaso

Si el programa había alcanzado tantos éxitos, ¿porqué fue cancelado? Una lamentable confluencia de factores llevaron a final tan abrupto como injustificado.

Por un lado, el continuo involucramiento de EEUU en la Guerra de Vietnam había roto las siempre positivas relaciones entre este país y Canadá. Siendo el programa un emprendimiento binacional, comenzaron a surgir tensiones en este aspecto.

Recordemos que hacia 1964, el mismo gobierno de Canadá había ingresado al proyecto, accediendo a aportar 2,5 millones de dólares anuales durante 3 años. Sin embargo, algunos funcionarios dejaron de estar contentos con Bull, y comenzaron a sabotearlo demorando muchos meses la entrega del dinero. La Universidad McGill tuvo que cubrir los salarios en este período, lo cual creó nuevas tensiones. Los militares estadounidenses, viendo el problema, comenzaron una serie de pruebas en sus propias instalaciones, particularmente en los campos d prueba de Yuma, donde se logró el record antes mencionado.

Uno de los restos más visibles del proyecto HARP en Barbados: uno de los cañones utilizados para disparar proyectiles a la alta atmósfera.

En algún punto el programa terminó acelerándose para lograr algún resultado, al menos inferior a lo esperado, para poder presentar pruebas de su avance que permitieran solicitar más fondos. Sin embargo, críticas de sus colegas hacia Bull, un ambiente generalmente negativo hacia todo lo que involucrara gasto militar, y un cambio de gobierno en Canadá, hicieron que el programa no recibiera un nuevo contrato en 1968.

Algunos afirman que Bull fue saboteado por científicos competidores que, dentro de la misma universidad o fuera de ella, publicaron reseñas demasiado críticas de sus trabajos y crearon un clima de inestabilidad siempre que fuera posible. Lo cierto es que la Universidad McGill ya no podía o no quería continuar dando fondos, y los militares estadounidenses, con sus propios problemas de financiamiento y opinión pública a causa de Vietnam, tampoco decidieron tomar el relevo en ese momento.

Aunque el programa era bastante barato para todo lo que estaba consiguiendo, la falta de nuevos promotores implicó su cancelación definitiva.

Se habían gastado apenas 10 millones de dólares en el proyecto HARP. Una cifra que, si bien en la época representaba más dinero que ahora (debido a la inflación), resulta ínfima si la comparamos con los despilfarros típicos de la época, que para colmo se destinaban a proyectos de armas mediocres que luego daban malos resultados.

Obviamente decepcionados, todos los responsables del proyecto abandonaron las instalaciones en Barbados y otros lugares. Actualmente, todo lo que queda del sueño de Gerard Bull es un par de cañones usados y algunos que ni siquiera llegaron a ser disparados, abandonados y oxidándose cerca de la costa de Barbados. Un final más que lamentable para un sueño tan poderoso e interesante.

Mientras tanto, entre 1985 y 1995, EEUU llevó adelante un proyecto denominado SHARP (Super High Altitude Research Project, Proyecto de Investigación de Super Gran Altitud). Si bien el concepto del cañón era muy diferente, el objetivo era muy similar y es obvio que mucha de la investigación del HARP se utilizó como base para el mismo. Aunque logró resultados similares en velocidad, y superiores en peso del proyectil, y todo parecía prometedor, también fue cancelado por falta de fondos.

 

Un científico desilusionado y una búsqueda continua

En algún punto de su vida, Gerard Bull tuvo el sueño de Julio Verne y de otros escritores de ciencia ficción: utilizar gigantescos cañons para lanzar satélites al espacio. En una época en la cual todo parecía posible si se creaba la tecnología para ello, y en la mente de un científico genial como él, esto realmente sonaba creíble. Bull lo convirtió en uno de sus mayores sueños, sino el más grande.

Con el HARP, este ingeniero canadiense logró, literalmente, tocar el cielo con las manos. Sin embargo, como hemos visto, a poco de alcanzar uno de los mayores logros técnicos del siglo, todo terminó de la peor manera.

Sin embargo, Bull nunca dejó de lado su idea de enviar satélites al espacio usando cañones. Al quedarse sin proyecto y sin fondos, tuvo que ponerse a buscar trabajo. Utilizando inteligentemente una cláusula del contrato con la universidad McGill, evitó que sus detractores destruyeran su laboratorio en Canadá y pudo quedarse con todo el equipo de dicha estación experimental. Con ese equipo y datos, además de dinero de otros contactos, fundó una empresa de nombre muy particular: Space Research Corporation (Corporación de Investigación Espacial).

Su deseo seguía intacto pero no poseía dinero para invertir, de manera que continuó diseñando cañones, pero esta vez, de guerra. Durante la década de 1970 y 1980 tuvo mucho éxito. Fue un verdadero visionario a la hora de rediseñar municiones y piezas artilleras, pero mordió más de lo que podía masticar cuando la empresa que había formado vendió estas formidables piezas a Israel, Sudáfrica e Irak.

Si por lo primero fue aplaudido públicamente por autoridades estadounidenses, por lo segundo terminó arrestado. A pesar de que la operación de venta de armas al gobierno sudafricano fue apoyada por la CIA para evitar una intromisión de las milicias cubanas en esta zona, un cambio de política hizo que lo que una vez fuera elogiable, ahora fuera castigado. Bull fue arrestado y encarcelado en EEUU. Al salir de la prisión y regresar a Canadá, decidió irse a vivir a Bruselas, lugar en donde se movían muchas operaciones relacionadas con armamento.

El genial ingeniero era un sujeto temperamental, apasionado por su trabajo pero que aparentemente se enardecía fuertemente contra los que se oponían al mismo o le ponían trabas. Posiblemente se sintió traicionado por las potencias occidentales, en especial por EEUU y Canadá, que le habían dado mucho pero luego le habían quitado todo. Por otra parte, seguía necesitando trabajo y siendo que Irak fue uno de los primeros que quisieron contratarlo, no sería raro que hubiera unido su necesidad con algún tipo de deseo de revancha profesional.

De esta manera comenzó a trabajar para el Proyecto Babilonia. Por lo que se sabe y especula, Bull le vendió el proyecto de un megacañón a Saddam Hussein, posiblemente con miras a convertir el arma de guerra en un futuro lanzador de satélites. A cambio, Hussein le pidió que rediseñara los vehículos de reentrada de los misiles Scud, principales armas de terror del dictador, los cuales sin embargo eran muy imprecisos y requerían más alcance.

Bull aceptó, y de esta manera se convirtió en enemigo de Israel e Irán, dos naciones que serían los blancos de estas armas. En marzo de 1990, Bull fue asesinado; unos dicen que por servicios secretos israelíes, otros que por los iraníes. Lo cierto es que fue una lamentable forma de perder a un cientítico genial y visionario, que podría haber cambiado la forma en que vemos los cañones en el presente.

 

 


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