Superartillería del Siglo XX y XXI

El escudo se hace más fuerte, y la lanza se hace más penetrante. Este juego constante entre elementos defensivos y ofensivos se puede ver durante toda la historia de la tecnología bélica. Pero uno de los lugares en donde se ve más claramente es en la historia de las fortificaciones y el cañón: la historia del asedio.

Las técnicas de construcción de fortificaciones fueron mejorando durante siglos, de manera que los primeros puestos de madera terminaron siendo castillos de roca, casi inexpugnables. Fue así que durante esos siglos, muchos reinos e imperios, incluyendo los griegos y los romanos, fueron diseñando todo tipo de catapultas, balistas, trebuchet, etc. etc. Armamento que, en la mayoría de los casos, servía para enviar proyectiles incendiarios, rompedores e incluso con gérmenes, propaganda o cosas peores dentro de las fortalezas enemigas.

El objetivo de muchas de estas armas no era destruir la fortificación, sino matar o desmoralizar al enemigo que estaba dentro de ellas. La razón era que estos complejos valían mucho como puestos de avanzada, y capturarlos enteros valía la pena. Por otra parte, pocos tenían la puntería y la capacidad como para impactar las murallas y dañarlas seriamente.

Esto fue cambiando gradualmente con el uso de la pólvora. Las primeras armas de asedio que la utilizaban eran de calibre relativamente bajo, que buscaban un tiro parabólico, el cual podría sobrepasar las altas murallas (las cuales, gracias a los avances en ingeniería, eran cada vez mayores) y caer dentro, ocasionando muerte y destrucción. Sin embargo, según la metalurgia fue avanzando, se pudieron construir cañones cada vez más grandes para el disparo directo, los cuales se movían, enteros o desarmados, en carretas o vehículos especialmente fabricados, tirados por animales de carga.

A partir del Siglo XV, la arquitectura de los castillos y fortalezas fue cambiando para adaptarse a estos avances, generalmente dando lugar a muros más bajos y anchos y un sistema externo e interno que impidiera una fácil captura. Se agregaron cañones de diverso calibre para contrarrestar el ataque por el mismo medio, además de otras contramedidas.

Durante siglos, la carrera armamentista continuó. Varios elementos, sin embargo, comenzaron a desbalancearla. El surgimiento del tren permitió llevar cargas mucho más pesadas a mayor velocidad y distancia, permitiendo la movilidad de grandes piezas ferroviarias. El perfeccionamiento de los buques a vapor permitió armar a los mismos, e incluso blindarnos o hacerlos de metal. Esto hizo que se pudieran montar en ellos piezas tan grandes que en tierra hubieran sido difíciles de mover, llevando a su vez a la experimentación e investigación de nuevos tipos de cañones y proyectiles. Muchos puertos se llenaron de fortificaciones justamente para evitar el ataque de este tipo de amenaza.

Todo esto hizo que, a principio del Siglo XX, a pocos años de la Primera Guerra Mundial, los países industrializados de Europa estuvieran en una curiosa encrucijada, mezcla de elementos y filosofías muy antiguas y otras muy modernas. Por un lado, muchas de sus fronteras estaban celosamente guardadas por series de puestos de vigilancia y fuertes del siglo anterior, supuestamente inexpugnables. Sin embargo, nuevas tecnologías, como el motor de combustión interna, el avión y los avances en navegación permitían una guerra bastante más fluida y móvil, en la que las fortificaciones gigantescas ya no tenían tanta importancia.

La Gran Guerra vio uno de los últimos grandes enfrentamientos entre el cañón y la fortaleza, en la cual el primero surgió victorioso. Sin embargo, la falta de asimilación de las lecciones aprendidas dieron lugar, en la Segunda Guerra Mundial, a superestimar groseramente el papel de las grandes piezas de artillería, muy poco móviles, en un ambiente completamente fluido.

En la actualidad, más allá de algunos ensayos durante la Guerra Fría, los supercañones del pasado han desaparecido. Aparentemente todopoderosos, pero con pocos blancos a batir, han perdido su importancia en el campo de batalla. Sin embargo, conocer su historia resulta fascinante y muy enriquecedora.

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