Misil V-2 (A-4)

Modo de lanzamiento

Otra gran diferencia con respecto a la V-1 era que la V-2 no estaba asignada a la Luftwaffe, sino al ejército alemán. Esto, aunque parezca un pequeño detalle, marcaba que el modo de lanzamiento de esta poderosa arma era mucho más temible.

El ejército consideraba al V-2 como parte de su artillería, lo cual indicaba que debía ser un medio móvil. Como tal, en lugar de ser lanzado desde emplazamiento fijos, como la V-1, era montado en vehículos de lanzamiento.

El tamaño mismo del misil era el justo como para dar gran alcance, pero permitir un buen nivel de movilidad. Podía ser montado en un carro de ferrocarril, pasaba por los túneles ferroviarios y ser llevado por camiones grandes.

No todo era tan fácil sin embargo, ya que había que llevar el misil, el peligroso combustible (oxígeno líquido a 183º bajo cero), los equipos de guía y mantenimiento, y montones de cosas parecidas. Pero esta gran ventaja hacía que un grupo de expertos pudiera llegar a cualquier parte, preparar el misil por seis horas, y lanzarlo sin ser molestados por las fuerzas aéreas enemigas. Los encargados de las V-1 no podían decir lo mismo, ya que sus lanzaderas tan localizables eran blancos prioritarios de la RAF.

El misil estuvo disponible hacia noviembre de 1943, y para esa fecha los primeros instructores técnicos de la primera unidad de artillería del ejército, el 836 Artillerie Abteilung, habían terminado su formación en Peenemünde. Estos mismos expertor formaron a los siguientes técnicos, organizando una escuela de especialistas en cohetes en Pomerania, en Köslin, no lejos de Peenemünde. Para enero del año siguiente ya estaban formados los primeros soldados especialistas, en una instalación del Ejército polaco, cerca de Blizna. En este polígono se lanzaron unos 600 V-2 hasta final de la guerra, con fines de entrenamiento. Desde allí fue robada la unidad que terminó en Inglaterra, ya que la resistencia polaca informó a Londres y desde allí salió un grupo de comandos que robó un ejemplar que no estalló al tocar tierra.

El proceso de transporte era tedioso y lento, debido a todas las medidas de seguridad involucradas. En los lanzamientos de prueba se usaban grúas y emplazamientos de hormigón, pero en combate los especialistas tenían que llevar todo con ellos. Los V-2 y las grandes partes del equipo se llevaban en ferrocarriles, en plataformas cerradas o abiertas. Incluso a fines de 1944 las V-2 se lanzaban directamente desde estas plataformas ferroviarias.

Sin embargo, al comienzo las unidades de misiles tenían que llevar una estructura de lanzamiento portátil. Consistía en una plancha de acero soldado, de dos metros de alto y unos tres de diámetro, que resistía el peso del misil, incluso en las peores condiciones. En el centro de esta plancha había un deflector cónico que permitía desviar las llamaradas del escape, también hecho de acero. A pesar de la fortaleza del material, el castigo era considerable ya que la temperatura del escape era tremenda. Sin embargo estas estructuras tenían que ser reutilizadas, y algunas aguantaron hasta una docena de lanzamientos.

Pero si no se transportaba desde trenes, el desfile de vehículos estaba asegurado: entre 20 y 30 aparatos todo terreno, desplazándose especialmente de noche para evitar ser detectados. Primero iban por carreteras, pero cuando se acercaban a un punto de lanzamiento aceptable tenían que dejarlas y avanzar campo a través.

El V-2 era tan grande que desde el principio ni siquiera se pensó en camuflarlo satisfactoriamente. Como se sabe, los alemanes fueron entusiastas partidarios de camuflar todo tipo de vehículos y personal, a veces utilizando elaborados patrones de colores. El V-2 fue la excepción, pero de todas maneras algo se hizo. Las primeras unidades se pintaron de verde oscuro, y desde agosto de 1944 se usó una combinación de gris verdoso pálido y verde. Hay incluso fotos de ejemplares con elaborados diseños en zigzag, pero tal vez se trataba de cambios locales de algunas unidades.

Había sin embargo una fácil manera de esconder al V-2: encerrarlo en un contenedor, llamado Meillerwagen, formado por enrejado de acero montado sobre una plataforma con tres ruedas. Este aparato era arrastrado por un tractor de artillería. El Meillerwagen estaba pensado para mantener bien quieto al misil, ajustado a la estructura y sobre una base blanda.

Los vehículos utilizados en el convoy variaban en número, pero no en tipo. Se dividían en dos tipos: «duros» y «blandos». Los «blandos» eran los que preparaban el sitio de lanzamiento, pero que luego se alejaban; los «duros» eran los que debían quedarse cerca mientras el misil despegaba, y por eso estaban más preparados y blindados.

Hacían falta varios tractores, para llevar los misiles y las ojivas, las estaciones de guía, los depósitos de combustible y los nueve tipos de talleres. Al comienzo, las unidades experimentales ni siquiera llevaban cargado el oxígeno líquido, sino que llevaban una fábrica portátil de este elemento. Eso nos da una idea de los terribles problemas de logística involucrados.

Varios lanzamientos, aparentemente de prueba, de la V-2. Puede verse a los técnicos haciendo su trabajo antes del lanzamiento y a Werner von Braun (su principal diseñador), además de un cráter de impacto. Obsérvense los variados esquemas de camuflaje. Todos los lanzamientos mostrados son buenos, excepto el penúltimo, en donde falla una juntura y el combustible sale y se enciende por encima de las aletas.

Pero no todo se trataba del transporte de las partes, sino también de su ensamblaje. Como se dijo antes, la ojiva iba separada del resto del misil, y por lo tanto había que llevar una grúa. La ojiva pesaba una tonelada aproximadamente, y era algo que debía ser montado con cuidado. Lo curioso es que el compuesto utilizado, el Amatol, era un mal explosivo, con poco poder. Se habían probado explosivos mejores, como el Trialen, pero el calor generado por la fricción en el reingreso a la atmósfera era tan grande, que el misil explotaba antes de tiempo. Ningún aislamiento térmico pudo mejorar esto, ya que la cabeza sencillamente se ponía al rojo vivo. Esto a veces pasaba también con los depósitos de combustible, a pesar de los aislamientos térmicos de lana de vidrio.

El vehículo de transporte tenía también un gran martinete hidráulico, alimentado por un motor externo, que servía para izar la estructura y el misil a su posición de lanzamiento vertical. La plataforma tenía que ser remolcada hasta el sitio exacto, se le quitaban las ruedas y se la nivelaba con mucho cuidado. Cuando el misil ya estaba en posición y se comprobaba que la plataforma lo soportaba, se liberaba al arma del Meillerwagen y de sus compases calibradores. El vehículo de transporte y los demás vehículos «blandos» se alejaban una vez terminada su tarea.

Se montaba entonces una plataforma de 14 metros, destinada a dar acceso a los especialistas a todas las partes del misil. Se comenzaban a cargar las casi cuatro toneladas de alcohol etílico, mientras en la parte superior, los técnicos chequeaban los giroscopios y los acelerómetros y cargaban de nitrógeno líquido los compartimientos que refrescaban a estos componentes. En este momento había que apuntar el misil, girando la plancha superior de la plataforma y alineándola con el objetivo. Después de todo, el sistema de guía solamente controlaba pequeñas cosas y paraba el motor cuando se alcanzaba una velocidad determinada.

Todo esto era un proceso mucho más complicado de lo que parece. Los manuales de procedimiento eran enormes, y llevaban un mínimo de 6 horas. Había que hacer más que 180 comprobaciones y mediciones, solamente para los componentes electrónicos. También había que limpiar muy bien las tuberías de peróxido y verificar el corrector funcionamiento mecánico de los cuatro deflectores de grafito y los timones aerodinámicos de la base.

Cuando todo esto estaba hecho, se usaban las dos últimas horas para cargar las 5 toneladas y media de oxígeno líquido, tal vez el componente más peligroso. El aislamiento térmico era tan bueno que, a pesar de que estaba a -183º, no se formaba hielo en la parte exterior, como sucedía con diseños posteriores.

Finalmente se cargaban los dos combustibles para las turbobombas, el permanganato de calcio y el peróxido de hidrógeno. Un error muy pequeño podía representar la explosión de todo el sistema, incluido los vehículos cercanos y su personal. No por nada se trataba a un V-2 cargado como si fuera de cristal. A los especialistas no le gustaban para nada los días de vientos fuertes o cruzados, porque era muy posible que el sistema se descontrolara y estallara automáticamente en el aire, incluso cuando la espoleta de contacto de la ojiva no se activara.

Unos pocos minutos antes del lanzamiento, se activaba el sistema de radiotelemetría, que era instalado a veces para poder calcular mejor la trayectoria y el punto de impacto conseguido. Había cuatro antenas, una en cada deriva. Para ese momento, todo el convoy ya se había alejado, excepto por el vehículo de control, derivado del autoametralladora blindado Sdkfz 231 o 238, ya tuvieran ruedas o semiorugas. Este aparato tenía que permanecer cerca porque dos cables lo unían al misil, y desde allí tenía que dar todas las órdenes previas al despegue.

Luego de seis horas de preparativos, seguramente todos los encargados tendrían muchas ganas de lanzar el misil y olvidarse de él, para pasar a otra cosa. Pero nuevamente los dispositivos tenían que ser chequeados y había que mantener un margen de seguridad. Los procedimientos, manuales, eran verificados constantemente. Se abrían primero las válvulas del nitrógeno líquido, luego las maestras del peróxido de hidrógeno y el permanganato de calcio. Así los dos se combinaban, calentando la cámara de combustión para generar un vapor recalentado a gran presión, que hacía funcionar una turbobomba de 730 hp.

Un curioso pero grave fallo en una V-2: el motor sencillamente se detiene en pleno vuelo.

Cuando arrancaba este motor, se bombeaban los propergoles: el alcohol y el oxígeno líquido. La ignición era eléctrica. La aceleración de la turbobomba hasta su potencia máxima tardaba poco menos de 2 segundos, en los cuales el motor principal debía arrancar a máxima potencia, o todo saldría muy mal.

Ver despegar a un V-2 debía ser realmente una experiencia terrible, además de hermosa. Hay numerosas imágenes en blanco y negro y hasta en colores de ese momento, al igual que filmaciones. Pero verlo desde abajo, en primer plano y después de haber trabajado tanto tiempo en prepararlo, debió haber sido realmente enorgullecedor para todos los técnicos, dejando de lado el hecho de que se trataba de un arma mortal.

Con una gran llamarada saliendo del escape, el V-2 aceleraba tan rápido que a los dos segundos ya había sobrepasado por mucho la altura de los árboles y cualquier colina cercana. Los sitios de lanzamiento eran generalmente claros de bosques, para dar algo de cobertura contra los aparatos de reconocimiento y el viento. En ese momento todas las poblaciones cercanas podían ver al V-2 volando, de manera que no era ningún secreto su uso. Los vehículos del convoy seguramente se moverían rápidamente para evitar una posible incursión aérea enemiga.

Son muy conocidas las tomas de la época que muestran a una V-2 intentando despegar y fallando. Y, aunque no era algo sumamente común, la idea de fallar, perdiendo un arma tan costosa, después de tantas horas de preparativos, además de la posibilidad de salir heridos o muertos, debe haber sido un aliciente más que importante para los encargados de lanzarla. Un solo error en alguna de las etapas, de fabricación o preparación, y todo saldría mal, explotando tanto la ojiva como los reactivos químicos que se usaban como combustibles, que se caracterizaban por ser sumamente inestables.

El V-2 solamente era vulnerable en tierra, al igual que sus vehículos de transporte y lanzamiento. En el aire era inalcanzable, totalmente invulnerable. Se sabe que varios cazas enemigos trataron de interceptarlos, pero siempre quedaron detrás. Una vez, un Spitfire Mk XIV sobrevolaba justo en el momento en el que un V-2 despegaba; el piloto trató de acercarse, pero no tuvo tiempo y el misil desapareció en una nube.

Una vez en el aire el misil se inclinaba lentamente para alcanzar un ángulo balístico de entre 40 y 45 grados, dependiendo de la distancia del objetivo. Era tan rápido el misil, que solamente bastaban entre 60 y 70 segundos de empuje para alcanzar la cima de la trayectoria. En ese momento el sistema de guía cortaba el motor, y el misil comenzaba su descenso hacia su objetivo.

 



Derivaciones de la tecnología

Un V-2 capturado, en una plataforma de elevación. A la izquierda, pueden verse claramente dos figuras humanas, las cuales nos permiten darnos cuenta de sus dimensiones. Los estadounidenses pintaron a sus V-2 en este esquema de ajedrez que es muy común en las filmaciones más conocidas.

Sin duda los conocimientos alemanes ayudaron a desarrollar las nuevas clases de misiles aire-tierra, que sin embargo evolucionaron de manera diferente, siendo ya no bombas planeadoras. Pero el más grande desarrollo se dio en los enormes misiles tierra-tierra, herederos más o menos directos del V-2. No olvidemos que la idea de un misil intercontinental no era nueva: ya los alemanes la habían llevado a los planos y a detalladas operaciones.

Pero era necesario otro contexto para pasar del papel al metal. La primera generación de misiles balísticos, ya cargadas con armas nucleares, eran casi copias del V-2, ese diseño casi perfecto para la época. Los estadounidenses Chrysler «Jupiter» y «Redstone» utilizaban no solamente parte de la tecnología del A-4, sino que estaban diseñados con la colaboración del mismo Werner von Braun y otros científicos relacionados con el proyecto alemán.

Pero no fue el único. El SS-3 «Shyster», denominación de la OTAN para el modelo soviético T-1, también era muy similar. Además de ser casi idéntico, gran cantidad de sus partes derivaban del misil alemán, y hasta utilizaba un vehículo lanzador parecido. Por otra parte tenía la ventaja de un gran avance, porque ya era un MRBM con un alcance de 1.200 km. Fue lanzado por primera vez apenas en 1949, lo cual indica el ritmo con el que se trabajaba en esa industria.

Curiosamente, el primer misil balístico chino, el CSS-1 o Dong Feng-2 (Viento del Este 2), estaba basado en la tecnología del SS-3, siendo por lo tanto también un derivado indirecto del A-4.

 

Película de posguerra estadounidense, que describe cómo las V-2 capturadas son utilizadas ahora por ese país para la investigación aeroespacial. En 1946, se le adosó a una V-2 una cámara de cine, filmándose así en primera persona el primer viaje espacial no tripulado del que se tenga noticia (puede verse debajo).

 

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