Historia de las "Armas de la Venganza"

Al igual que EEUU e Inglaterra, Alemania comenzó a trabajar en proyectos de bombas planeadoras guiadas durante la Primera Guerra Mundial. Estos proyectos aparecieron como iniciativa del doctor
Wilhelm von Siemens, de la compañía Siemens-Schuckert Werke.

En 1915 se testeó el primer artefacto. Se trataba, en pocas palabras, de bombas planeadoras con
comandos de guía transmitidos por cables de cobre a las superficies de control. Todo lo eléctrico estaba alimentado por una batería que llevaba la misma bomba, montada en su interior. El cable de cobre se desenrollaba desde el avión lanzador.

El modelo fue probado en varias ocaciones, tanto desde aviones monoplanos como biplanos, dando siempre resultados satisfactorios. Sin embargo, los planes para fabricar este artefacto se esfumaron con la derrota alemana de 1918.

Durante las dos décadas siguientes, hubo otros diseños más o menos similares. Pero todos se encontraron con una pared de dudas y negativas. Por un lado, en muchas naciones era época de desarme, no de carrera armamentística. Por otro lado, estaba la Gran Depresión, que dejó a muchos países sumidos en una situación económica terriblemente mala.

En Estados Unidos, el plan de Roosevelt fue reanimar el mercado ejecutando obras públicas de una envergadura faraónica. En Europa, por otra parte, diversos sucesos hicieron que los países se embarcaran en una carrera armamentística, que sirvió económicamente para revitalizar las fábricas. Sin embargo, en los casos en los que los gobiernos decidían invertir en armamento, preferían hacerlo con algo ya probado, y no con conceptos tan avanzados.

También había problemas técnicos: el principal era la falta de una fuente de poder confiable y al
mismo tiempo más potente que el motor de pistón. Un misil, por más preciso y poderoso que fuera, podría ser fácilmente interceptado por cualquier caza de la época, si usaba un motor similar al del interceptor.

La solución, aunque pocos pudieron verlo, estaba en la química: el motor-cohete. Fue en Alemania en donde, muchos años antes del gobierno de Hitler, y también durante este período, las investigaciones sobre el tema florecieron. Se trataban, en su gran mayoría, de estudios amateurs o promocionados por universidades y científicos independientes.

Durante esos años, los cohetes fascinaron a los alemanes, y también a los militares. Sin embargo,
sus orígenes fueron muy remotos, y completamente civiles. Los experimentos relativos a motores alimentados con propergol líquido comenzaron en 1920, en una Alemania devastada por la guerra anterior y una inflación galopante. Sus entusiastas se agruparon en la Sociedad para Vuelos Espaciales, formada por jóvenes ingenieros y aficionados. Entre ellos figuraba un joven Werner von Braun.

Las noticias de motores cohetes salían en los diarios y revistas, y muchos fueron los casos de conceptos extraños como los autos-cohete. Pero también se adaptó la idea a los aviones y a los misiles, con diferentes grados de éxito y fracaso.

Luego vinieron las pruebas militares, cuando la sociedad se acostumbró a los cohetes, y los encargados de la defensa vieron su potencial. Nada había en el Tratado de Versalles sobre estas nuevas armas, que además parecían muy superiores a cualquier tipo de artillería anterior, de manera que su investigación era totalmente legal por parte de los militares.

El departamento balístico de la Oficina de Armamento del Ejército alemán comenzó en los años ‘30 las pruebas para el uso de motores a reacción. Hacia finales de 1932 ya se había efectuado el primer ensayo de un motor-cohete, en la planta de Kummersdorf, al sur de Berlín.

Dos años más tarde, la relevancia de los estudios de los aficionados de la Sociedad para Vuelos Espaciales de los cohetes se torna tan importante que hasta los militares les piden sus servicios. Se les da todo tipo de recursos, entre ellos unas instalaciones en Kummersdorf. Por otra parte, se sellan con secreto militar todos sus conocimientos, que pasan a manos de Ejército (se los ve como posibles armas de artillería). De allí en más se sucedieron todo tipo de pruebas, ya bajo el gobierno de Adolf Hitler.

En 1936 se iniciaron las tareas de construcción de una nueva base de pruebas en la isla de Usedom. El nombre de la base sería célebremente recordado luego como sinónimo de misiles, cohetes y devastación: Peenemünde. En este lugar se ensayaron motores-cohete para aviones, y también se realizaron experimentos para el desarrollo de grandes misiles balísticos, incluso intercontinentales.

Como se ve, no es totalmente cierto que haya sido Hitler el responsable de la creación de este tipo de armas. Sí se puede decir, con más precisión, que fue uno de los tantos que vio su potencial y estuvo de acuerdo con seguir investigándolos. Pero el desarrollo de todo lo necesario para lograr misiles comenzó a aparecer en Alemania mucho antes de su irrupción en la política.

Llegado al poder, Hitler ordenó que se cesaran las investigaciones civiles, que todavía eran llevados a cabo por aficionados. Se adueñó de todo el material que pudo. No solamente el motor cohete, sino también el pulsojet y el turbojet fueron desapareciendo de la vista pública y comenzaron a ser utilizados en nuevos conceptos de armamento. Por un lado, eran armas no prohibidas por el Tratado de Versalles. En los primeros momentos del gobierno de Hitler, éste fue lo suficientemente astuto como para no desafiarlo, al menos abiertamente, temiendo represalias de toda Europa. Por eso era importante no llamar la atención.

Pero por otra parte este tipo de armas le permitía sobrepasar cualquier defensa. El tanque, el submarino, el avión: estas armas, que habían sido nuevas en la anterior guerra, todas tenían ahora una o dos formas de defensa. Esta era un arma nueva, sorprendente, contra la cual no había nada conocido. Ahorraba tripulaciones de bombarderos, y al mismo tiempo que prometía ser más precisa que un bombardero. Eran un salto tecnológico muy importante.

Finalmente, es necesario tener en cuenta algunos factores muchas veces olvidados: el emocional y el propagandístico. Ver despegar a un arma tan poderosa, despidiendo grandes llamaradas, no era algo común en la época. Las fórmulas de su combustible eran secretas y misteriosas. Las velocidades alcanzadas eran asombrosas, al igual que eran exóticos sus diseños. Las armas del futuro despertaban curiosidad, asombro, alegría entre los diseñadores, que creían estar logrando algo que le permitiría a su país ganar sin arriesgar vidas humanas. La historia les dio algo de razón, pero no mucha.

Hacia finales de la década del ‘30, cuando ya la guerra se estaba gestando, los esfuerzos se hicieron más evidentes. La Segunda Guerra de Abisinia, entre Italia y Etiopía, y la Guerra Civil Española, fueron campos de pruebas para muchos nuevos conceptos bélicos. Al mismo tiempo, Alemania aumentó su influencia anexando Austria y Checoslovaquia, mientras se armaba el Eje. Hitler abandonó el Tratado de Versalles en 1935, y comenzó a fabricar todo lo que antes le estaba prohibido.

Los proyectos de misiles y cohetes siguieron adelante, pero fueron muchas veces dejados de lado frente a la necesidad de fabricar armamento más tradicional. Fue por eso que tantos adelantos, luego tan necesarios, no llegaron sino hacia final de la guerra. Por ejemplo, el desarrollo del avanzadísimo A-4 (luego redesignado V-2), se realizó en dos grandes etapas. En la primera, el avance fue poco. Los trabajos consumían gran parte del presupuesto asignado a la Luftwaffe, encargada de todos los proyectos de misiles y cohetes. Hitler, viendo los buenos resultados de la guerra relámpago, juzgó innecesario el gasto, y prefirió usar el dinero en armamento convencional, mucho más barato que continuar experimentando conceptos avanzados.

Hasta que no se hizo evidente, en 1941, que Alemania no invadiría Inglaterra fácilmente, muchos grandes proyectos no salieron de la mesa de diseño. Las pruebas con el A-4 no se reiniciaron sino cuando Hitler dio la orden, el 20 de agosto de 1941. Los esfuerzos se redoblaron. Nacía así la idea de las Armas de la Venganza, pues pretendían hacer pagar caro a los ingleses su osadía y efectividad al bombardear las ciudades alemanas.

Las instalaciones en Peenemünde crecieron en tamaño y calidad. La Organización Todt, utilizando trabajadores forzados polacos y prisioneros de guerra soviéticos, junto con varias empresas particulares, levantó talleres, cobertizos, construyó refugios subterráneos, laboratorios y demás edificios. Las construcciones no atrajeron la atención, pero cuando se comenzaron a hacer las pruebas, la Resistencia de muchos países ocupados llamaron la atención del Servicio Secreto inglés.

Sin embargo, al principio el Servicio Secreto no tomó muy en cuenta estos datos. Desde el comienzo de la guerra había habido informes de los misiles. Muchos creían que eran parte de un ambicioso programa de propaganda. Hitler había hablado mucho de las pruebas de estas armas, sobre todo en el discurso que dio en Danzig, el 19 de septiembre de 1939.

Por si fuera poco, por esa fecha los servicios de inteligencia habían recibido el llamado informe de Oslo, obra maestra del espionaje. Llamado así porque le fue enviado al embajador inglés en esta ciudad, tenía enorme cantidad de información. Los radares alemanes, los desarrollos en cohetes y misiles, datos general sobre el bombardero Ju-88: absolutamente de todo. El paquete hasta contenía una espoleta de muestra, para que se viera el avance técnico del enemigo.

Esto reforzó para muchos la importancia de Peenemünde y de continuar investigando el tema. Pero los altos mandos consideraron que era imposible que algún espía o simpatizante aliado en Alemania pudiera haber recopilado tanta información, de primera mano, y sobre todo tratándose de temas secretos. Lo consideraron una invención alemana, pensada para asustar al enemigo y distraerlo para que buscara cosas inexistentes. Por eso, todo el asunto fue archivado.

Sin embargo, a finales de 1942, cuando voló el primer A-4, los rumores sobre los cohetes y misiles alemanes se hicieron cada vez más comunes. Por esa época llegaron informes de un químico danés, que señalaba a Peenemünde como la base de pruebas de estas armas. Esto fue confirmado por la resistencia polaca, que estaba en contacto con los trabajadores esclavos de estos campos.

Pero solamente hacia principios del año siguiente se llegó a una conclusión definitiva sobre el tema.
En marzo, los equipos que revisaban en tierra las fotografías de los aviones de reconocimiento notaron algo extraño en Peenemünde. Había unos tramos de vías férreas, muy cortas, que podrían ser rampas y apuntaban hacia Inglaterra. No lo sabían en ese entonces, pero esas rampas era para el lanzamiento de las V-1.

Decididos a terminar con el misterio, se autorizaron más vuelos de reconocimiento. Al poco tiempo se tuvo muchas pruebas de que la base era un blanco importante. La comprobación oficial llegó el 23 de junio. Basándose en las fotografías aéreas, se construyó un modelo a escala de la base, para poder observar más de cerca sus capacidades. En una sesión extraordinaria, el Gabinete de Guerra inglés ordenó un ataque aéreo masivo. Se decidió, curiosamente, no decirle nada a los EE.UU., y Churchill ordenó que los bombarderos fueran solamente británicos.

Algunas de las principales instalaciones de Peenemünde, antes y después del ataque devastador, captados por los aviones de reconocimiento británicos.

Como parte de los preparativos, se les dijo a los 4.000 pilotos de la enorme fuerza que el blanco era realmente importante. Esto significaba que, si luego se verificaba que los daños eran pocos, deberían volver otra noche para hacerlo mejor. Sin duda era un gran aliciente para las tripulaciones, que no querrían tener que enfrentarse a defensas antiaéreas que los estuvieran esperando en una segunda pasada.

La noche elegida fue la del 17-18 de agosto de 1943. La luna llena hacía visibles a los aviones, que para compensar esto volaban muy cerca del suelo. Los 598 bombarderos tenían, además, la ayuda de 8 Mosquitos, que volaban hacia Berlín. Estos eran un señuelo, una maniobra de diversión. Las defensas antiaéreas alemanas, creyendo que detrás de los Mosquitos venía una fuerza de bombarderos (algo que solía ocurrir), hizo despegar unos 200 cazas nocturnos.

La maniobra resultó, y de hecho hizo que rodaran algunas cabezas militares alemanas. Con el flanco descubierto, los 598 bombarderos hicieron una incursión perfecta sobre Peenemünde; llegaron en tres oleadas, que en total duraron 45 minutos. La destrucción fue muy grande, ya que la base no estaba terriblemente defendida, como lo merecía.

El ataque no tenía como objetivo tanto la destrucción de edificios, que podían ser reconstruidos, sino la eliminación física de los cerebros detrás de los diseños. Los objetivos más atacados fueron los barracones de los científicos y los edificios de proyectos. Se arrojaron un total de 2.000 toneladas de bombas, pero unos 300 aviadores ingleses fueron muertos o capturados en tierra, al saltar de sus aparatos en llamas. Al día siguiente, un aparato de reconocimiento inglés confirmó el éxito de la operación. Si bien algunas partes de la base sobrevivieron, el resultado era más o menos el esperado.

Sin embargo, desde tierra los alemanes no estaban tan abrumados por el ataque. Un informe del coronel doctor Walter Dornberger, jefe de la base, era algo optimista. Las instalaciones más importantes, que eran el túnel de viento, la planta de medición y los terrenos de prueba, estaban intactos. Habían muerto varios científicos y sus barracones estaban destruidos, al igual que los de los trabajadores. Sin embargo, aunque habían muerto muchos de éstos, ninguno había podido escapar. Esto hizo que la Resistencia Polaca no pudiera informar a Londres del relativo fracaso, por lo menos no en ese momento.

Para peor, un piloto inglés capturado reveló el interés de sus superiores al admitir que los ataques continuarían hasta que todo estuviera destruido. Gracias a esto, los alemanes llegaron al colmo de la defensa pasiva: dejaron todo como estaba. Ni siquiera se allanó el terreno, que estaba lleno de cráteres de explosiones. Los edificios destruidos no fueron reparados, y gracias a todo esto, los bombarderos ingleses tardaron 9 meses en volver a pasar. Además, ya muchas de las tareas se llevaban a cabo en instalaciones subterráneas.

Pero del lado alemán las cosas no estaban para festejar. Varios científicos importantes habían muerto, y el daño era considerable. Además, el 7 de julio anterior Hitler había ordenado prioridad para el A-4. El dictador no pensó que se tratara de una mera coincidencia: creyó que todo era parte de un elaborado plan de espionaje, que pretendía destruir la mayor arma de su arsenal antes del despegue.

Pensando en un acto de traición, envió muchos funcionarios de la Gestapo y de las SS, para localizar a los culpables. La Luftwaffe también fue salpicada por el escándalo; luego de hablar con Goering por teléfono, el jefe de Estado Mayor de la Luftwaffe, general Hans Jeschonnek, se suicidó. Era el responsable de la defensa aérea de Peenemünde, y seguramente no le dejaron otra opción.

El bombardero de Peenemünde marcó un antes y un después en las experimentaciones alemanas en materias de cohetes y misiles. Fue tal vez un símbolo de que las cosas no serían tan fáciles, y que los ingleses tratarían por todos los medios de defenderse de tan terribles armas allí donde eran más vulnerables. En realidad, mucho del trabajo teórico ya estaba hecho y el ataque llegó muy tarde. Todo estaba resuelto para que Peenemünde y cualquier otro centro de pruebas fuera bombardeado mucho antes, incluso apenas comenzada la guerra. Pero el pensamiento demasiado conservador y poco flexible de algunos funcionarios en las altas esferas del gobierno, combinados con una cuota de escepticismo y tal vez de subestimación hacia Hitler y sus anuncios, hicieron el resto.

Luego del ataque, la actividad en Peenemünde continuó, pero muchos trabajos se dispersaron y se llevaron a centros más alejados, fuera del alcance de los bombarderos ingleses. En Francia se planeó todo para los lanzamientos masivos de las V-1, mientras que en diversos lugares de Polonia se siguió probando la V-2.

Estas dos Armas de la Venganza, sin embargo, fueron combatidas con todos los medios disponibles. Las vulnerables lanzaderas de las V-1 fueron sistemáticamente destruidas. En una de las acciones de comandos más arriesgadas y menos conocidas de la época, un grupo especial inglés, ayudado por la resistencia polaca, logró robar gran parte de una V-2, que fue incluso llevada a Inglaterra para su análisis.

De todas maneras, estas dos armas, las dos más grandes que entraron en servicio para el bando alemán, no fueron suficientes como para torcer el brazo aliado. No tanto por sus defectos, sino porque fueron mal usadas y desperdiciadas en bombardear grandes ciudades, que supuestamente tenían un valor psicológico alto, en lugar de aprovecharse en verdaderas misiones de ataque.

Hitler y su entorno seguían pensando en destruir la moral inglesa y de los países ocupados arrasando sus capitales, cuando ya era obvio que no sucedería tal cosa. Pero, ¿qué hubiera pasado si estas armas hubieran sido apuntadas a grandes centros militares como puertos estratégicos, o grandes concentraciones de tropas? Nunca podremos saber la respuesta. En realidad, estos misiles no tenían mucha precisión y solamente podían ser usados con relativa eficacia contra blancos tan grandes como ciudades enteras.

Pero podemos pensar que, con un poco más de tiempo de experimentación, la precisión pudo haber sido mejorada. Por otra parte, hubo momentos particulares en los cuales un ataque de estas armas pudo haber minado un poco la moral del soldado aliado promedio.

Un V-2 capturado, en una plataforma de elevación. A la izquierda, pueden verse claramente dos figuras humanas, las cuales nos permiten darnos cuenta de sus dimensiones. Los estadounidenses pintaron a sus V-2 en este esquema de ajedrez que es muy común en las filmaciones más conocidas.

El V-1 y V-2 son sin duda los dos misiles más famosos de la época, debido a la gran propaganda
que el mismo gobierno alemán le dedicó, en su esfuerzo por doblegar al resto de Europa. Sin embargo, numerosos fueron los desarrollos tendientes a crear armas basadas en cohetes, con diferentes tipos de sistema de guiado, que pudieran vencer a los aliados en el aire y el mar. Estas serie de armas del futuro, realmente revolucionarias para la época, incluían misiles aire-aire, aire-superficie (principalmente antibuques, que no se usarían hasta décadas posteriores) y también tierra-aire.

Toda esta oleada de nuevas ideas, sin embargo, no se cortó a cuchillo con la caída del Eje, sino que las tendencias establecidas marcaron la base de una nueva parte de la historia. Ningún desarrollo tecnológico está separado del corriente de la historia; toda tecnología está ligada a procesos económicos, políticos pero también culturales.

Así como muchas veces se dice que las humillaciones que sufrió Alemania luego de la Primera Guerra Mundial le dieron excusas a Hitler para inflamar el orgullo nacional, de alguna manera las armas futuristas desplegadas en este período ayudaron a dar a luz a la conquista del espacio, pero también a otra época sombría y peligrosa que se ha denominado Guerra Fría.

 

 

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